Fabres-Feiner (190m, IV+) || Aguja Perramó

La ascensión a las agujas de Perramó aparecía detallada en una guía que compraron mis padres, que contaba con algunas de las excursiones más representativas y bonitas del valle de Benasque.

Aunque era un libro de rutas destinadas al senderismo, incluía las agujas de Perramó al final del mismo, como alternativa a aquellos intrépidos que quisieran ascender a su cima mediante técnicas de escalada.

Por aquel entonces era incapaz de comprender como se podía subir una montaña escalando, con tanta cantidad de material y colgando de una cuerda.

Años han pasado desde que conocí estas agujas, y años han tenido que pasar para que una pequeña ilusión deje de ser eso, un humilde sueño en un cajón, y convertirse en realidad.

El valle de Estós esconde alguno de los rincones más bellos de todo el Pirineo y es que, además de esas esbeltas pirámides de granito, los ibones de Batisielles, Escarpinosa y Perramó, hacen de este lugar algo mágico.

La vía Fabres-Feiner es la manera más sencilla de ascender a la aguja oriental, de 2.554 metros de altura. El peaje a pagar, si se puede llamar así, son cuatro horas de aproximación y un desnivel constante de más de mil metros. Supongo que para muchos no compensará este largo pateo para escalar una vía de cuatro largos, donde la realidad es que apenas dos serían de escalada como tal. En cambio, para mí, y partiendo de la base de que lo que más me llama la atención es ascender montañas lejanas escalando, supone más felicidad que sufrimiento.

Ari (una vez más la persona dispuesta a acompañarme en estos “paseos”) y yo, comenzamos la vía con dos sencillos largos de unos cuarenta metros cada uno, ascendentes con tendencia a derecha, que comienzan en la cueva visible desde la cara sur de la aguja Perramó, en el mismo punto donde sale una de las muchas vías que hay en este lugar: El gran diedro sur (6a). “Para cuando seamos mayores”, me digo a mi mismo…

Montamos las reuniones en cualquiera de los pinos visibles, hasta que alcanzamos el pequeño collado que nos da acceso al inicio del largo estrella.

Para poder progresar sin roce de cuerdas, y tener contacto visual, hacemos un largo cortito montando una reunión con un friend y un lazo y así ponernos justo debajo del diedro de IV+.

Con la ilusión de un niño con zapatos nuevos, voy progresando por el diedro metiendo los nuevos juguetes que ya ocupan el baúl del material de casa: friends de diferentes tamaños que entran a cañón en cualquier punto del largo y que, con un pequeño paso de dificultad, nos lleva al pino donde se monta la reunión.

Desde aquí, un pequeño diedro mucho más corto y fácil que el anterior, y unas cuantas trepadas por bloques grandes de granito, nos llevan sin problemas al punto más alto de la aguja oriental de Perramó.

Arriba las vistas son impresionantes, y es que nada nos tapa la panorámica porque estas agujas nacen apuntando al cielo sin nada alrededor, más que ibones y verde.

Cuando eres un motivado y enamorado de este mundo, es inevitable que no se te humedezcan los ojos haciendo algo que te hacía mucha ilusión hacer, así que no tuve otra opción que disfrutar el momento.

Para la bajada, un rapel de treinta metros en un pino visible desde la cima, un corto destrepe delicado hasta otro pino, y un rapel apurando las cuerdas de sesenta por una canal de piedras nos lleva de nuevo cerca de la base de la aguja, a la seguridad del suelo, y al merecido fuet con pan.

No pierdo más tiempo relatando el pasado, porque está bien vivir de la alegría de los recuerdos, pero es importante no olvidar que el presente, si te mueves, siempre tiene algo mejor por dar. Y nosotros este verano lo queremos repleto de momentos.

Nos leemos en la próxima. Hasta entonces ya sabéis: verano, y pura vida.

Frondiellas (3.060m) || Respomuso – Arriel

No tenemos muy claro qué hacer. Todavía queda nieve, pero hay que buscarla en altura. Además, estamos muy motivados con la escalada. Menuda decisión tan difícil… Ojalá todos los problemas de la vida fueran éstos.

Una reflexión nos lleva a decantarnos por un fin de semana de esquí de travesía: la roca siempre va a estar ahí, la nieve no.

Preparamos los bártulos y ponemos rumbo a La Sarra, para hacer noche en el refugio de Respomuso. El camino hasta el mismo está totalmente limpio, con lo que el porteo de todo el material (tablas y botas) se traduce en tres horas a ritmo tranquilo con una mochila pesada.

El valle está precioso. El verde aflora con fuerza, mientras que el blanco predomina en las altas cimas. Además, los barrancos bajan cargados de agua. Era de la primavera, como bien canta La M.O.D.A.

Asentados ya en el refugio, despedimos a una pareja de franceses que vuelven al punto de inicio, quedándonos únicamente Ari, yo y los guardas.

Todas noticias que nos dan son buenas: nieve próxima al refugio, centímetros de nieve polvo de las nevadas previas, y una meteo prometedora. Así que nos vamos a dormir con la ilusión de siempre. La de disfrutar al máximo en una montaña nueva para nosotros. ¿Cómo vas a repetir con tanto Pirineo por descubrir?

A las 8 de la mañana avanzamos dirección al barranco de Respomuso, compartiendo esos escasos metros de ascenso con la ruta al Balaitus (Balaitus 4.0|| Brecha Latour). En apenas veinte minutos nos desviamos a la izquierda y cogemos nieve. Es hora de calzar esquís por fin.

Las primeras zetas se hacen duras. Ganan en inclinación a medida que avanzamos, y hace que entremos en calor muy rápido.

Por encima de los 2.700 metros comprobamos los dedos de nieve que han caído y, conforme subimos, va aumentando ese espesor, hasta el punto de hundirnos por la rodilla.

Próximos a la canal, buscamos el mejor punto para pasar a crampones y enfilar en línea recta la parte más dura de la ascensión. Abriendo huella desde la salida del refugio alcanzamos la cima con un esfuerzo bastante reseñable en casi cuatro horas de trabajo.

A 3.060 metros de altura, vemos a nuestra derecha la arista que llevaría al Frondiellas NW, que descartamos por la cantidad de nieve que hay y por las nubes que amenazan con cerrarse cada vez más.

Tras un breve descanso disfrutando de las vertiginosas cimas que nos rodean, emprendemos los primeros ochenta metros de descenso con crampones hasta destrepar con cuidado la canal de la cara oeste. Una vez ahí, nos preparamos para uno de los descensos más inclinados y técnicos que hemos hecho hasta la fecha en nuestra corta experiencia en skimo (junto con el Feniás).

Las nubes tapan el Sol y cada vez están más bajas. Las nevadas anteriores y la escasa visibilidad hacen que no se aprecie demasiado bien el relieve de la montaña, poniendo a prueba nuestra capacidad para orientarnos, trazando el mejor y más seguro camino.

Ari toma las riendas y va marcando los giros, así que sólo tengo que seguir la huella. La nieve mejora a medida que descendemos, y las últimas palas hasta los pies del ibón de Arriel son una delicia. Bordeamos por la izquierda y vamos apurando la nieve hasta el ibón pequeño, donde una lengua de nieve nos permite apurar unos metros más. Aquí, descalzamos brevemente para caminar unos metros y volver a calzar en un nuevo nevero que nos dejará, por un antiguo alud, hasta la cota de 2000 metros.

Han sido casi mil metros de descenso, algo que no esperábamos y que nos saca una sonrisa de oreja a oreja.

Mientras recogemos el material y nos atamos las zapatillas, comienza a nevar. Ari y yo nos reímos. El cielo se ha tapado por completo y los copos caen sobre nuestro Goretex. Hemos sido capaces de añadir un nuevo tresmil a nuestra lista. Una montaña con un ascenso y descenso técnico superada con tranquilidad, seguridad y autonomía.

De vuelta a La Sarra, comienzan las preguntas de siempre: ¿Qué tocará hacer el siguiente fin de semana?, ¿será el momento de colgar los esquís?, ¿habrá que ir a nuestro querido valle para ascender un grande? Todavía queda tiempo para decidirlo. Todavía queda nieve. Pero sobre todo, todavía quedan ganas.

Nos leemos en la próxima.

Hasta entonces, ya sabéis: preguntas, y pura vida.

David.

Maladeta Oriental (3.308m) || Valle de Benasque

Siempre había dicho que si algún día subía a la Maladeta sería mediante esquís. Esa inmensidad de palas, tan sostenidas y anchas, no podían descenderse andando. Me negaba a ello. El único problema era que por aquel entonces no tenía equipo de travesía, ni tan siquiera sabía foquear, ni esquiar en condiciones (esto último sigue igual).
Pero resulta que este año de encierros temporales me ha servido para aprovechar el tiempo al máximo, y focalizar mis energias y ganas hacia esos planes anotados en la libreta.
Los días previos a Semana Santa esquiando por zonas más técnicas de lo que venia haciendo (Tempestades, Feniás, Hoz de Jaca…) me dieron la confianza necesaria como para saber que podíamos poner nuestros ojos y corazón en los 3.308 metros de la Maladeta Oriental.

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Espolón Adamelo y normal al Pisón (6a) || Riglos

El Sol todavía no ilumina la pared del Pisón. El sonido de los cacharros de escalada nos acompaña en el corto camino de aproximación desde el mismo pueblo de Riglos. Cuando iba de pequeño a la montaña solía preguntarme para qué servirían todos esos bártulos colgando de ese “cinturón” tan raro. A veces, basta con pararse a pensar un poco, para ver todo lo que cambiamos, aprendemos y avanzamos en la vida.

Comenzamos a escalar por la variante a la derecha de la vía normal del espolón, algo más difícil pero reequipada. Pronto nos damos cuenta de dónde estamos, y de que lo difícil hoy va más allá del grado.

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Tierra de Dragones (375m, 6b/+) || Peña Rueba

6 de marzo. La calima cubre el entorno haciendo que la vista de la cara Este de Peña Rueba no sea del todo clara. Por suerte, nosotros sí tenemos claro el objetivo.

La última vez que intenté esta vía, desistimos en el sexto largo. El frio, el viento, la calidad de la roca y la falta de motivación hicieron que la decisión de abandonar fuese obvia. Además, por aquel entonces mi habilidad en el sexto grado era bastante limitada.

Aproximamos por la empinada pista entre charla y charla, hasta que la propia pendiente obliga a dejar de hablar y empezar a respirar. En la misma pared, nos repartimos la vía. En esta ocasión, el largo de máxima dificultad será para Javi, así que nos vamos turnando primero y segundo de cordada en cada reunión.

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La mirada de Maite (330m / 6b) || Peña Rueba

Todas las vías de escalada tienen un nombre con una historia detrás. A veces es pública y la conoce todo el mundo. Aunque siempre existe la posibilidad de inventarse una película propia.

Para mí, hoy, Maite ha sido el nombre de esa energía interna que te mantiene en movimiento, independientemente de las condiciones –frío y viento han sido protagonistas-. Sin darle importancia a los hándicaps –demasiado tiempo sin hacer vía larga-; sin pensar en las consecuencias.

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