Italia, el Cervino y la historia de la terminal

Suena la megafonía, una voz femenina insta a los pasajeros que deambulan por la terminal del aeropuerto de Bérgamo, a dirigirse hacia sus respectivas puertas de embarque. Mientras tanto, sentado en un “cómodo” y frío banco metálico, hago balance de los cinco días que hemos pasado en el norte de Italia y no puedo evitar esbozar una sonrisa al recordar todos y cada uno de los momentos de los que a continuación os hacemos partícipes.

Viernes, 11 de diciembre. En horario intempestivo, Domaso nos recibe con sus luces navideñas reflejándose en el tímido oleaje del lago Como. En lo alto del pueblo, nuestro amigo y colaborador Alex Pina, nos adopta en su acogedor hogar del que emana un calor no menos agradable y hospitalario, donde poder descansar y recargar las pilas para los días que tenemos por delante.

Tras un corto pero intenso viaje por la orilla oeste del lago, llegamos durante la mañana del sábado a la población que da nombre al mismo. El entorno de Como invita a caminar por su paseo “marítimo”, cuyas orillas están bañadas por las aguas que provienen de las más altas cumbres de los Alpes italianos, y a deambular por las localidades colindantes y superpuestas en lo alto de la colinas que flanquean esta población, las cuales nos proporcionan unas preciosas instantáneas desde donde poder vislumbrar, además del brazo occidental del lago, nuestro destino de mañana. Suiza.

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Madrugamos con la misma ilusión que la de un niño cuando sabe que va a pasar el día al parque de atracciones. En nuestro caso, el premio es un poco más ambiguo y abstracto para el que no entienda de esto de la montaña. El pequeño pueblo de Zermatt, alberga la postal más fotografiada de los alpinistas soñadores, el Cervino, y aparece ante nosotros como una de las poblaciones más bonitas que hemos visitado hasta la fecha. El ambiente que se respira en esta mañana de Domingo en las pronunciadas calles empedradas de Zermatt, invita a dejar perder la mente por sus callejones, pero las nuestras que tontas no son, no paran de mirar hacia arriba, hacia el final del pueblo. No sé qué estarán buscando…. Cuando el telesilla remonta el último balcón helado de las pistas de esquí, lo comprendo todo.

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El Cervino se muestra ante nosotros esbelto y elegante. Ni una sola nube se atreve a perturbar su silueta que se dibuja hasta el cielo, lo cual, nos proporciona una vista nítida de sus afilados bordes y de sus romas laderas empinadas. Lo observamos, escudriñando cada palmo de terreno, cada roca, pero no como quien observa desde un escaparate el coche que nunca se podrá comprar, sino como el niño que sueña con ser bombero y que va a luchar con todas sus fuerzas por conseguirlo. Las luces caen y en el espejo retrovisor de nuestro coche alquilado, Suiza se despide con un hasta luego, a sabiendas de que nos volveremos a encontrar no dentro de mucho.

Nos toca a nosotros. El lunes amanece especialmente frío pero eso no va a ser excusa hoy, como no lo ha sido nunca. Emprendemos la subida desde el pueblo abandonado de Mostespluga y las primeras rampas nos ponen en nuestro sitio. No hay camino marcado sino una especie de interpretación espacial totalmente subjetiva del mínimo esfuerzo a realizar para superar los 600 metros de ladera helada que se abre ante nosotros.

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Superado el escollo, las vistas arriba son espectaculares y las cumbres más altas se exculpen en el horizonte inalcanzables si no se está dispuesto a realizar un esfuerzo considerable de un par de días.

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Cresteamos hasta el punto más alto de las proximidades para obtener la mejor instantánea ,y de ahí para abajo porque el sol, en estas latitudes, parece tener prisa por marcharse a dormir. El descenso se torna complicado al quedarnos enriscados en una placa de hielo bastante pronunciada, lo que nos obliga a asumir cierto riesgo y algún esfuerzo adicional para superar el envite que nos propone la montaña. Con un poco de tiempo y algo más de frío, estamos de regreso en Vercana para la merienda.

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El último día lo empleamos en saborear las horas y los minutos que nos quedan, en las prominentes faldas de Montemezzo, cuyas aguas desembocan 1000 metros más abajo en el lago Como, y también en saborear (en el sentido más literal del término) la gastronomía local.

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Los pasajeros están sentados ya en sus respectivos asientos y yo, desde la minúscula ventanilla de un Ryanair bien exprimido por la compañía, pienso en el próximo destino. Gracias Alex por acogernos, gracias Italia por enseñarnos, y viceversa.

Os dejamos con el videoresumen que sabemos, os gusta:

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2 comentarios en “Italia, el Cervino y la historia de la terminal

  1. Pingback: “Los Alpes basura” – Al Filo De Lo Incomprensible

  2. Pingback: Intento Balaitus invernal (Brecha Latour) | Al Filo De Lo Incomprensible

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