Dos días en la Boca del Infierno.

Primero, perdón. Perdón por no haber publicado nada en este periodo de tiempo, aunque tenemos excusa. Y es que Julio es un mes intenso.

Este grupo de incomprendidos tiene objetivos dispares. Cada uno lleva entrenamiento, horario y disponibilidad distinta, así que es complicado reencontrarnos. Y cuando lo hacemos, no creemos que sean actividades dignas de contar, pues sólo se trataba de sumar kilómetros y/o desnivel.

A partir de Julio la cosa cambia. Agosto se presenta como el mes en el que, con esta panda de descerebrados, intentaré subir al Mont Blanc. Lo concienciado, asustado, preparado y mentalizado que estoy para ese objetivo lo dejamos para más adelante, no es cuestión de alarmaros todavía.

El caso es que el fin de semana pasado volví a disfrutar como un enano de la montaña.

Para Oscar y Marcos, la carrera de La Boca Del Infierno está marcada en sus calendarios como prueba obligada, y este año no iba a ser diferente.

En cuanto a mí, era la excusa perfecta para poder escaparme de casa (otra vez), y entrenar un poco, que falta me hace.

Antes de una carrera, sea del tipo que sea, conviene descansar. Por eso, y porque nosotros nos pasamos los “deberías” por donde os podéis imaginar, el sábado fuimos a refrescarnos, y ya de paso, descender el barranco de Siresa.

Barranco sencillo: tres rápeles cortos un poco tumbados, poca agua, poca gente. Pero divertido, por el medio y por la compañía.

El domingo amanecemos, con frío hasta que empieza a salir el sol, como siempre. Marcos se prepara para sus 25 km a toda velocidad. Oscar y yo hacemos como que estiramos y calentamos para nuestros 15 km a trote pachanguero, como dirían los pros.

Marcos no puede terminar la carrera, una lesión le impide ni siquiera intentarlo; mientras que nosotros vamos descontando kilómetros hasta cruzar la meta.

Dicen que hemos ido de paseo, que no hemos forzado. A mí es que a veces no me apetece sufrir, no lo puedo evitar.

Llevo unos cuantos años (no muchos) haciendo montaña. Pero hace poco que he descubierto por qué me gusta:

Por un lado, su versatilidad. Un mundo con tantas posibilidades, en el que no centrarse en un solo deporte sí tiene sentido.

Y por otro lado, he aprendido a disfrutar. Sin más. A olvidarme de los “lo tengo que hacer bien”, “has entrenado para esto”, “no puedes fallar”. He aprendido a gestionar ese sentimiento de competitividad que te brota cuando hace poco lo hacías en otros deportes.

He aprendido a perder, pero a ganarme cada día.

Y eso sienta muy bien.

Nos vemos en la próxima, me despido con unas líneas. Cuando me da, escribo.

Montaña, y pura vida.

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Luis Alberto Hernando: Campeón del mundo de UltraTrail

Correr por correr. No para mejorar; ni para entrenar una burrada de kilómetros de esa carrera a la que te has apuntado. 

Correr para huir. O para acercarte a yo que sé.

Correr por correr. Para ir rápido. Para vivir rápido.

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