Aneto. Noche a 3404 metros.

“Una persona no llega a ser una y dos pueden ser dos y media.

Parece la idea de uno que sabe de cordadas. Solos no somos nada.”

Hace cinco años ascendí el pico más alto del Pirineo: los 3.404 metros de mi, por aquel entonces, idolatrado Aneto.

Carecía de conocimientos, experiencia, material y posiblemente pasión cuando me llevaron a este reino. Por supuesto no tenía ni idea del significado de la frase que abre esta crónica.

Recuerdo como si fuera ayer las palabras que me dijeron segundos antes de alcanzar la cima, tras cruzar el mítico paso de Mahoma: “¡Te veo feliz, David!”.

Cinco años después, en un 13 de agosto de 2016, me encuentro en la pista de Vallibierna, cargando una mochila pesada que me permitirá pasar la noche más maravillosa que he vivido en montaña.

La gente desciende, y nosotros ascendemos. Ibón inferior y superior de Coronas aparecen frente a nuestros ojos en apenas dos horas y media de ritmo constante.

Me siento bien. Collado de Coronas. El terreno se complica, las rocas se hacen más grandes y menos seguras, la mochila parece que pesa cada vez más, el cansancio empieza a hacer acto de presencia.

Me siento bien, mejor todavía. Cruzamos el glaciar. Poca nieve, pisada y marcada por decenas de personas que han pasado por ahí estos días. Ellos bajan, nosotros subimos.

Antecima. Y se erige a lo lejos, con banderas y dedicatorias por todos sus costados, la cruz que nos indica que no queda nada. Nada o todo. El paso de Mahoma da el toque final a una ascensión perfecta. A una cima perfecta que me ha vuelto a enamorar, pese a negarlo.

Plantamos las tiendas. El sol se torna rojo, comienza a descender, acompasado con la temperatura. Y ahí ocurre algo que no puedo explicar, por mucho que lo fotografiemos o grabemos. Respiras el aire fino, con tus amigos que ya son familia, mientras el sol desaparece.

Y cae la noche. Ellos duermen, nosotros soñamos.

Cinco años después, vuelvo al lugar donde todo empezó. Y lo hago con la idea de aclimatar para intentar subir, en pocos días, el pico más emblemático de los Alpes. De locos.

Cinco años después, he coincidido con personas que me han permitido ver cosas asombrosas.

Cinco años después, me han guiado a ciegas entre la tempestad blanca. Han abierto huella hundiéndose hasta la rodilla para que pueda llegar arriba. Han porteado la carga pesada para liberar al resto. Se han atado al otro extremo de la cuerda en un acto de confianza máxima.

Cinco años después, empiezo a entender la frase que abre esta crónica.

Cinco años después diría, como en las películas, que he cerrado un círculo. Vaya tontería, como si quisiera cerrar algo tan increíble como la mezcla de montaña y tu gente.

Nos leemos en el MontBlanc. Pura vida.

DSC_0187

Aquí una muestra de la experiencia:

Sunset Aneto 3404m

Paso de Mahoma al atardecer

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