Mont Blanc (4810 m). Ruta Gouter.

“Se acerca una tormenta sobre las dos del mediodía, procurad correr para llegar al refugio de Gouter antes de esa hora”. En un castellano muy francés, nos advierte uno de los gendarmes que se encuentra en el tren cremallera, dirección Nido de Águilas, que nos situará a 2300 metros de altura, para emprender nuestro camino hasta los 3800 del refugio.

No es la mejor noticia para comenzar la aventura y enfrentarse a los 1500 metros de desnivel positivos que tenemos por delante, o por encima.

Según el manual de montañismo que no tengo pero que sí he leído, las aproximaciones tan largas, más aún cuando al día siguiente tienes una dura ascensión, deben ser lentas; dosificando y ahorrando energías para el día de cima.

Pero este gendarme trastoca nuestros planes y hace que corramos más de lo normal.

Nos armamos las mochilas y, entre niebla, arrancamos para arriba con la idea de la tormenta sobrevolando nuestras cabezas.

800 metros de desnivel hasta Tête Rousse me muestran que no me encuentro demasiado bien. No me siento cómodo y no consigo encontrar mi ritmo.

A partir de aquí, el camino se complica. Unos veinte metros de camino horizontal hace las de un tobogán de piedras. Seguro que ellas no tienen intención de darte, pero más te vale cruzar rápido porque este famoso paso recibe el nombre de La Bolera. Y por si teníais alguna duda, el bolo eres tú.

Después de esto, una interminable trepada entre bloques de piedras nos separa de nuestro objetivo por hoy, el refugio Gouter.

Llego tocado. Bastante cansado y con dolor de cabeza. De hecho, al llegar me digo: “- David, como no recuperes bien, mañana no haces cima ni de coña, así que te tocará esperar en el refugio a que bajen tus compañeros.” Pero al poco tiempo, otra vocecilla me dice que no me precipite. Que coma, beba y descanse.

No estoy muy bien, pero Marcos se encuentra peor. Resfriado y con alguna décima de fiebre decide echarse en la cama al poco tiempo de llegar al refugio.

“- ¡Bebe!” Es la voz de nuestro compañero Diego, infinitamente más experimentado que nosotros en esto de la altura. Es fundamental hidratar mucho, y él se encarga de recordárnoslo. Así que eso hacemos: botellas de agua, isostar, y té caliente. Y parece que empiezo a darle la vuelta a la situación. Me encuentro mejor.

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Dormitamos, que es lo que haces cuando estás por primera vez a 3800 metros de altura, en los Alpes, momentos antes de salir para intentar subir 1000 metros más apuntando hacia el cielo.

Son las 2:30 de la mañana y, en una noche estrellada con “poco” frío y nada de viento, comenzamos nuestro camino al Mont Blanc.

La cordada de Diego y Marcos va siempre unos metros por delante. Nuestro finisher de la Gran Trail Aneto-Posets sigue con su resfriado y no puede estar mucho tiempo parado, pues comienza a temblar debido al frío (estamos a más de 4000 metros de altura).

Dome du Gouter, Refugio de Vallot, arista de Les Bosses, primera loma, segunda loma… parece que nuestro sueño no quiere terminar.

Raúl y yo nos miramos. Una sonrisa interna se nos escapa a los dos. Vamos reventados, pero contentos. Revu, en medio de la cordada, sigue a lo suyo. Llevo años haciendo montaña con él y nunca le he visto flojear. Da tranquilidad.

Arista cimera, se ve el final, por fin. Y lloro. Por cumplir un sueño, porque se ha terminado el esfuerzo de ascender, porque lo hemos logrado los cinco… no lo sé. El caso es que antes de pisar la cumbre ya sé que lo voy a conseguir, y soy más feliz en ese momento que en lo más alto. Segundos antes de conseguirlo. Felicidad.

Estamos en la cima del Mont Blanc. Y nos abrazamos. No hay mucho más que hacer allí, no hay nada. No estamos en una película. Así que descendemos con cuidado, deshaciendo nuestros pasos y completando un desnivel de 2500 metros.

Nido de Águilas, y Le Fayet de nuevo. En unas horas hemos pasado de 4810 metros de altura a 500 metros, donde un día antes aquel gendarme nos avisaba que una tormenta quería romper nuestros sueños.

Acerca de la experiencia en los Alpes, nada tiene que ver la magnitud de aquellas montañas con las que mis ojos están acostumbrados a ver. Como nada tiene que ver la cantidad de gente y “turismo dominguero” que hay allí. Pero era algo que queríamos vivir.

En cuanto a nosotros, ya les podremos contar a nuestros nietos, o a quien sea, que estuvimos a 4810 metros sobre el nivel del mar, en la montaña más emblemática de los Alpes. Y que mientras bajábamos, agotados pero satisfechos, nos repetíamos una y otra vez que en la vida hay que limitarse a hacer las cosas que te erizan la piel. Y así, quizás así, entiendan que la vida son momentos, y que depende de ti el vivirlos o no.

Y en cuanto a mí, y aun sabiendo que pocas cosas pueden sustituir a este reino de altura, me consuela pensar que a diario tengo planes y gente, que me producen ese escalofrío de felicidad.

Por cierto, ¿sabéis que ocurre cuando consigues algo así? Que ya estás pensando en la siguiente.

Nos leemos en la próxima. Montaña y Pura Vida.

VIDEO RESUMEN MONTBLANC

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