Vía Normal a la Aguja Roja. Riglos.

A no ser que seas un témpano de hielo, es realmente complicado que no se te corte la respiración cuando llegas a Riglos.

Es imposible que, cuando te bajas del coche y empiezas a preparar el material, no pienses por un momento qué narices haces ahí. Que Riglos es para “mayores”. Pero ni tú ni tu compañero de cordada decís nada, y si lo hacéis es para contar cualquier chorrada, evitando ese momento de duda que se tiene cuando estás a punto de hacer algo especial.

El caso es que conforme te acercas a los Mallos se te van los ojos. Para arriba, por supuesto. Yo, que estoy más bien verde en esto de la escalada, no he podido ver (por ahora) grandes paredes, pero no me hace falta para comprender que, aquí, se escala de verdad.  En vertical.

Venga, voy a ser bueno. Si estáis pensando que he ido a Riglos a escalar La Visera, o El Pisón, os voy a decepcionar. Un dominguero como yo tiene que apuntar más bajo, así que si os ponéis delante de vosotros una fotografía de los Mallos de Riglos, y vais echando la vista hacia la derecha, muy a la derecha, veréis una punta rojiza que se dispara hacia el cielo: La Aguja Roja.

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Marcos, y un servidor, David, nos encaminamos hacia el inicio de la ruta Normal a la Aguja Roja. Apenas veinte minutos de sendero entre arbustos con los cacharros chocando entre sí. Y es que no hay sonido más placentero que ese.

Dividimos, largos impares para mí, y pares para Marcos. Así que me toca abrir la lata. Me gusta empezar el primero; soltar nervios rápido, relajarse pronto y comenzar a disfrutar.

Asciendo con una pierna en un Mallo y la otra en otro, pues es por donde transcurre la vía. Llevo mochila así que no me puedo encajar mucho; molesta. Voy hablando con Marcos, o solo, porque no creo que me escuche, pero me tranquiliza hacerlo.

Miro abajo y ahí está, justo en mi vertical. Cuesta acostumbrarse a esa sensación.

Estoy en la repisa, y Marcos tira para arriba. Reunión y largo 2. Vamos a buen ritmo.

Lanzo la mano derecha a un cazo, subo la izquierda un poquito, coloco pies, me impulso hacia arriba y el sol me ciega. Acabo de llegar al collado. Acabo de pasar de la fría sombra que da la cara norte, a las increíbles vistas que tengo al otro lado.

Reunión, largo 4, y estamos en la cima. Nos comeríamos el bocadillo, pero se ha quedado en el coche. Peor hubiera sido dejarse el casco.

Así que, tras unas cuantas fotos, y después de apreciar la panorámica, tres rápeles nos devuelven al suelo. Y ahí, en el cómodo y aparentemente seguro terreno horizontal,  vuelvo a aprender otra lección: no te relajes hasta el final.

Un silbido cada vez más intenso empieza a escucharse cerca. Marcos y yo miramos hacia arriba. Si comparo las rocas que caían, con pelotas de baloncesto, me llamareis exagerado y que fue fruto del miedo. Así que os las compararé con pelotas de fútbol, que es más o menos el tamaño de las piedras que casi nos abren la cabeza. Cortesía de una cordada de franceses que se encontraba en el largo 3.

Yo pensaba que había que gritar “¡Piedraaaa! En fin, creo que tendré que mejorar mi francés.

La vida, que consiste en milímetros.

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Hasta la próxima. Montaña y pura vida.

¡Aquí el VÍDEO!

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