Santi Sagaste (V+/6a). Peña Rueba.

“No seremos los más rápidos, pero seguro que somos los que más risas nos echamos.”

Es la voz de Alberto en el L3 de la vía Santi Sagaste, en Peña Rueba, después de pasarnos un buen rato intentando poner algo de orden en la Reunión.

Y es que no falla; cuando nos juntamos Alberto, Javi, y un servidor, David, las tontadas y risas son constantes. Y no es un decir. Cualquiera de fuera pensaría, y ya ha ocurrido: A estos chicos les pasa algo en la cabeza.

Pero es que además escalan que da gusto, y con ellos me dispongo a hacer la vía más “difícil” que he ascendido hasta la fecha.

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Salimos de la niebla que atrapa Zaragoza. La primera vez que aparece el sol, tenemos Los Mallos de Riglos a la derecha. No se me ocurre mejor momento para volver a ver la luz.

Llegamos a pie de vía. El 6a espera.

Alberto me mira y pregunta si lo quiero abrir. Quizás él responde por mí, y me da el impulso y la confianza necesaria para hacerlo, no lo sé. El caso es que cuando quiero darme cuenta, ya tengo las cintas en el arnés y los gatos puestos.

Seamos honestos, hay un árbol que da la vida para superar la escalofriante panza que tenemos encima; primer obstáculo por salvar. Apoyo un pie en la roca, otro en el árbol y tiro para arriba. El resto de metros se hace ameno. Primer largo, aparentemente el más difícil, a la saca.

L2 y L3 se convierten en mero trámite, para llegar a una sucesión de largos que le dan el toque mágico a la vía.

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Javi sube de primero el L4, según la reseña V+, más sencillo que el 6a de antes, a priori. Bien, cuando llego a la panza clave, me pregunto como narices ha pasado por ahí. Toco absolutamente todas las rocas que hay a mano, con la intención de escoger la mejor. Y la mejor era un pie en otro miniarbol salvador, que hace que la supere, no sin echar la gota gorda. “Lo que hay en la pared, cuenta como vía”: me engaño.

Alberto, que juega a otra cosa, la supera sin despeinarse, aunque lo disimula bien. Y encara de primero el L5. Tiene unas ganas terribles de ir abriendo vía, tanto es así que no tengo apenas tiempo para darle cuerda. Nuestro amigo fluye, una vez más.

Es mi turno, y llego a otra panza en la que Alberto se había parado un poquito, muy poco, a pensar. El paso tiene miga, pero había visto como él juntaba manos bastante arriba, para después subir el pie y salir de ahí. La supero, pero haciendo bastante fuerza. Los gemidos de Javi corroboran que sí, había que apretar.

Abro el L6, vertical, pero con mucho cazo para manos y pies. Disfruto como un niño, siento que escalo. Qué cojones, fluyo también. Y lo empalmo con el L7, para llegar a la cima del mallo La Mora.

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Y ahí estamos, los tres, después de casi cinco horas escalando. Comenzamos nuestro descenso, acompasado con el del Sol, que se torna rojo. Un buitre se posa en la cima del mallo. Empieza a hacer frío. Respiro el aire del invierno. Se me escapa una sonrisa. Miro a mis compañeros, creo que ya están pensando, como yo, en la siguiente vía a escalar.

Esto no hay quien lo pare. Así que sigamos el ritmo.

Pura vida.

“Cuando todo parece indicar que por un lugar no se puede pasar, es necesario pasar. Se trata precisamente de eso.”

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