Peña Foratata Occidental. Invernal.

Anayet y Arafita eran los dioses más pobres y humildes de nuestras montañas, pero tenían un tesoro muy preciado, algo que querían por encima de todas las cosas, y era su hija: La joven y hermosa Culibillas. A ésta última le gustaba jugar con las hormigas blancas, sentía especial devoción por ellas. De hecho, llamó a toda esa región Formigal.

Balaitus, el dios más temido y todopoderoso, el que creaba y azotaba fuertes tormentas en estos valles, un día se fijó en ella. Lógicamente, a Culibillas no le interesó la proposición de Balaitus, el que, por otro lado, nunca había sido rechazado. Así, enfadado y enrabietado, decidió ir a por ella.

Cuando acudió a raptarla, con el fin de llevársela para siempre, Culibillas gritó: “¡A mí las hormigas!” Y en ese preciso momento millones y millones de hormigas blancas acudieron en su ayuda para protegerla, cubriendo a Culibillas por completo. Balaitus, horrorizado, se marchó, y nunca más volvió.

Como agradecidimiento, Culibillas se clavó una daga en el pecho para guardar dentro de su corazón todas las hormigas que le habían ayudado. Desde entonces, dicen que su pecho es la Peña Foratata. Desde entonces dicen, las gentes del lugar, que cuando pasas cerca de la peña todavía se escuchan los latidos del corazón de Culibillas. Y también dicen, los lugareños, que desde entonces nunca más se han vuelto a ver hormigas blancas en este valle.”

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Y ya no se qué pensar, si los latidos que escuchaba aquel sábado de Febrero eran los de Culibillas, o los míos propios, recorriendo aquel valle en busca de la vista norte de la Peña Foratata.

El caso es que, Diego, Marcos y un servidor, nos encontrábamos, tras un rato de seguir las huellas de otros montañeros (no siempre vamos a ser nosotros los que abramos huella), en el momento de decidir qué hacer: Intentar la Peña Foratata Oriental, mucho más técnica y comprometida que la Occidental, o ésta última, asegurándonos, por lo menos, haber estado en el punto más alto de una cima, otra vez.

La nieve azúcar, preciosa para jugar y fotografiar, pero peligrosa para andar y escalar, además de la tardía hora en la que nos encontrábamos, decidieron por nosotros: Optamos por ascender únicamente la Peña Foratata Occidental.

Una pareja de catalanes decide intentar la Oriental, no sabemos si lo consiguieron. Y un grupo de franceses escogieron darse la vuelta, no se fiaban demasiado del estado de la nieve.

Desde el punto en el que nos encontrábamos restaban pocos metros para alcanzar la cima, así que había que intentarlo.

Una trepada sencilla, una aérea arista y unas vistas como hacía tiempo no contemplaba era lo que nos esperaba allí arriba, a 2.292 metros de altura.

Y es que a veces la vida no se ve mejor desde tan arriba. A veces no hace falta horas y horas de sufrimiento para obtener la recompensa. A veces, la montaña, consiste en hacer menos y disfrutar más. Y este es el mejor consejo que me han dado en lo que llevamos de año.

El poder de las cosas pequeñas.

Así que, efectivamente, no sé qué pensar. Pero creo que lo que se escuchaba allí eran nuestros latidos, deseando bajar para volver a subir, una y otra vez, cuanto antes mejor.

Nos leemos en la próxima.

Salud, sobretodo salud. Y pura vida.

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Pd: Balaitus, este año no te escapas. E iremos con un cargamento de hormigas blancas.

¡Aquí el video!

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