Balaitus 4.0|| Brecha Latour.

Estoy temblando. Y esta vez no es de miedo, tensión o inseguridad. Es frío. Llevo cerca de 45 minutos en la penumbra, buscando el dichoso lugar en el que montar el rapel y, una vez montado, esperando a que mis cinco compañeros desciendan hasta la reunión.

Mi rostro cambia, reflexiono. Pienso en el objetivo de Agosto. Siento que necesitamos ser ágiles, hábiles y coordinados; movernos con mayor rapidez, sin fallos, y no lo estamos haciendo del todo bien.

Desciendo del último rapel más veloz que nunca, quiero llegar a la luz del sol para entrar en calor. Apuro el final de la cuerda y me reúno con Marcos, que se encuentra abajo esperándonos. En unos minutos he pasado del frío absoluto al calor agobiante. Pero ya lo teníamos: el Balaitus por la brecha de Latour en condiciones casi invernales era nuestro.

Y es que lo suyo nos había costado. Para mí, tres intentos fallidos. La nieve, el tiempo del reloj y el camino erróneo se habían encargado de mandarme para casa más rápido que inmediatamente. Pero había que volver, con las pilas cargadas. Y las ilusiones renovadas.

Raúl, Revu, Diego, Marcos, Javi y un servidor, nos plantamos en La Sarra, dirección Respomuso, donde pasaremos la noche.

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No soy objetivo con este tramo, y posiblemente tampoco justo; y es que no le guardo ningún tipo de cariño por todas las veces que he pasado por ahí. Pero la verdad es que en esta ocasión se me hace sorprendentemente corto. Las bromas y la risa como compañeras de camino, y la eterna conversación con Javi, que va cerrando el grupo junto a mí (cómo nos gusta el palique), hace que se pasen volando las casi cuatro horas de recorrido.

Son las 8 de la tarde, estamos cenando, después de haber pasado las horas mirando revistas, jugando a las cartas, tirando fotos y haciendo el tonto. Algunos pensarán que qué cojones hacemos un sábado por la tarde con un plan como ese. No lo intento ni explicar, yo solo me repito una y otra vez “pura vida”.

Y a las 6 de la mañana nos encontramos dirección cima del Balaitus, en una noche estrellada como pocas. La mayoría de la gente duerme. Mientras, nosotros soñamos.

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El ritmo es muy bueno, hay potencia en el grupo, y llegamos a la parte técnica. Se respira confianza. Creo que Marcos y yo estamos menos convencidos. Sabemos que lo “interesante” se encuentra al descender.

Diego, Javi y Marcos formarán una cordada y subirán primero la brecha. Raúl, Revu y yo iremos detrás.

La brecha está más delicada de lo que parece. Marcos va en cabeza y asegura todos los pasos. Él está arriba y sabe mejor que nadie lo que hay. Mientras el resto, como pasa siempre, pensamos que estamos tirando minutos de ascensión. Que se debería ir más rápido. Piensas que debes, hasta que subes; y entonces ves que perder tiempo en asegurar cada paso es ganar. Siempre es ganar.

Superamos la brecha, y nos plantamos en la cima. Detrás nuestro sube una pareja, y otro grupo que viene de la otra vertiente; y nadie más aparece por allí arriba. Nadie más en esos 3144 metros aquella mañana de Abril.

Descendemos, y todo lo vivido es experiencia en la mochila. Y cada vez pesa más.

Posiblemente haya sido el pico más difícil que hemos ascendido hasta la fecha. Tal vez la vida consista en eso, en plantearse retos y superar tus miedos.

“Las mejores cosas de la vida están en el otro lado de tu miedo máximo.”

Nos leemos en la próxima, hasta entonces… objetivos y pura vida.

David.

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