Tormenta en Cregüeña.

La mochila pesa, aunque menos que otras veces. Creo que tengo menos fondo físico que el año pasado, o simplemente es mi sensación. Me hubiera gustado haber entrenado más,  pero de una manera u otra, he hecho lo que me apetecía hacer. Sin obligaciones. Estoy feliz.

Me encuentro bien subiendo las terribles cuestas pedregosas que conducen al maravilloso ibón de Cregüeña, en el Valle de Benasque. El ritmo es lento, no hay ninguna prisa, y amenizamos las cerca de cuatro horas de recorrido con conversaciones eternas y juegos varios. Cada día que pasa tengo más claro como quiero hacer montaña. Pasar cuantas más horas mejor, dormir, parar, reír. Mirar; mirar y observar. Respirar.

Un vivac a la orilla de uno de los ibones más grandes del Pirineo atrae a cualquiera. Así que bajo una gran roca a modo de techo nos refugiamos, para pasar una noche… complicada.

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Estamos solos, el cielo amenaza lluvia. No importa. Los grandes bloques de roca que allí se encuentran tienen que aprovecharse. Pies de gato y a salir por arriba de la manera más estética posible. Disfrutando del momento. Exprimiéndolo.

Y anochece. Sigue nublado, así que nos metemos en los sacos. No hace demasiado frío pero la luna llena se encuentra detrás de las dichosas nubes. Es hora de dormir.

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O no. El lago empieza a brillar. Como si un foco de un estadio de fútbol estuviera apuntándolo directamente.

Nos levantamos como rayos para ver esa imagen que no puede ser fotografiada por nuestras cámaras pero sí por nuestras retinas. Hay estampas que permanecerán tiempo y tiempo después de haberse disfrutado. Seguro que ésta es una de ellas.

Y rayos, truenos, relámpagos, lluvia, viento y granizo es lo que nuestro querido Pirineo tenía guardado para nosotros, también.

Desde la una de la mañana hasta las nueve, sin compasión. El vivac frena el golpe del granizo, pero el agua y el hielo entra de igual manera, calándonos hasta los huesos, y alargando una noche que parece no quería acabar.

Y es que así es la montaña. Para poder disfrutar de lo más puro, supongo que hay que pagar peaje. No podemos querer tener lo mejor sin dar nada a cambio. Sin esforzarse. Sin estar dispuestos a sufrir.

Y es que supongo que así es la vida, también.

Nos leemos en la próxima. Intuyo que será Zermatt. Hasta entonces… momentos y pura vida.

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