Memorias karatekas I:

No sólo de montaña vive el hombre…

“Me coloco las protecciones. Espinillera izquierda, espinillera derecha. Mismo proceso con los patucos. El peto agobia, pero es obligatorio. Guantillas y bucal. Todo listo.

Me muevo con dificultad. Me gusta la simpleza en el combate, en sentirme ligero, rápido y ágil, sin tantas cosas que me limiten el movimiento. Aunque también prefiero no tener lesiones ni marcas desagradables, así que no me quejo.

Y aquí viene: el jodido momento que antes te hacía temblar, literalmente (y ahora también). Estás en la línea del tatami, justo en el límite que separa el comienzo de todo. Tu oponente; adversario, luchador, karateka o como quieras llamarlo, está delante de ti, a ocho metros concretamente. Con cara de pocos amigos. Creo que dentro de él, una voz solo le hace pensar en descuartizarte. Aniquilarte o en el mejor de los casos en ganarte 8-0, para que te tengas que ir rápido a casa.

En cambio tú, cada vez tienes más miedo. Das dos saltos. Muy altos, rodillas al pecho. Para activarte, o para hacer ver que estás a tope de energía; para elevarte por encima de su hombro, mostrando superioridad. Para intentar ganar una absurda batalla psicológica que te has montado en la cabeza. Para hacerle ver que estás ahí, y vas a muerte. Aunque por dentro sigas cagado de miedo.

Es el momento. El juez os mira, señal que indica que tienes que colocarte más cerca aún de tu “amigo”; el mismo que te quiere machacar.

“Hajime”, y todo ha comenzado, o acabado. Ya estás ahí, botando y haciendo lo que mejor sabes hacer, o intentándolo, que es lo que importa. Y entonces lo entiendes: el otro estaba igual de cagado que tú. Y ya no tienes que pensar, solo tienes que limitarte a hacer. A hacer eso que hacías de pequeño mientras te reías con tus compañeros de entrenamiento.

Marcas punto, o el contrario te lo marca a ti, no importa demasiado. Tú vuelves a sentir que sólo es un juego. Un juego que siempre has querido, aunque esa sensación que se presentaba antes de pisar el tatami tratara de hacértelo olvidar. Aunque tu cabeza hiciera que te perdieras por el camino.

Eres el mismo, pero diferente.

Y es que así es el jodido deporte. Actitud.”

Nos leemos, donde sea que nuestros pasos nos lleven.

Pura vida.

David.

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