Costa Brava || Kayak por L´Estartit

Vaya por delante: adoro la montaña. Apareció en el momento exacto, y desde entonces busco cualquier ocasión para salir a ella.

Aunque últimamente me estoy replanteando si lo que realmente me gusta es la montaña (que también), o la necesidad de salir, de explorar lugares nuevos y vivir mini-aventuras que me hagan tener ese subidón de energía.

No quiero repetir actividades, caminos; no quiero sentir que hago siempre lo mismo. Quiero experimentar, cuanto más mejor. Aprender. Probarme y ponerlo en práctica.

Ya ves, la querida adrenalina, que no deja de acosarme.

Pongo rumbo a la Costa Brava, concretamente a L´estartit, junto a Ari: ella tiene la culpa de que yo, deseoso de montaña, esté en la playa.

También tiene la culpa de que me enamorara de las calas de Menorca haciendo snorkel en aguas cristalinas, de hacer kayak descendiendo el Ebro por la noche con la luna llena de fondo… y de otras muchas cosas más evidentes. Maldita (bendita) sea.

Así que, sin pensarlo mucho más, nos plantamos en la primera tienda de alquiler de kayaks que encontramos, le preguntamos al muchacho qué rutas podemos hacer, y que mejor cuatro horas, que dos nos parecen pocas, gracias.

Nos avisa, entre una risa amistosa: “Cuatro horas no sé si podréis estar remando, es agotador.” Bien avisado, precaución ante todo. Supongo que dependerá del ritmo, pienso para mí.

Salimos del puerto de L´estartit a las 10 de la mañana, aproximadamente. Nuestra ruta va recorriendo las diferentes calas, acantilados y cuevas de la costa, y termina donde nos lo pida el cuerpo, y los brazos.

Nos había comentado que hasta la primera de las calas (Cala Calella) nos costaría unos 45 minutos. Hemos llegado en  25. Se confirman nuestras sospechas: no tenemos ni puñetera idea de ir en kayak, pero nuestro simpático amigo ha debido coger un remo alguna vez para espantar gaviotas.

 

Continuamos recorriendo la costa, buscando los recovecos que van apareciendo  frente a nosotros.

Ni tan siquiera sabemos cómo se llama el lugar donde hacemos la primera parada. Una cala de roca, con cuevas maravillosas y unas vistas increíbles. Nos tomamos un respiro.

Cala e Illa de la Pedrosa, Montgrí, y al fondo La Foradada, un arco de roca que bien merece hacer el esfuerzo para atravesarlo por debajo.

Llevamos cinco kilómetros de recorrido, se nos echa el tiempo encima, así que decidimos volver.

 

Y algo ha cambiado. Sopla el viento de cara, el mar está mucho más movido que antes, y nos cuesta avanzar. Si dejamos de remar, las olas nos hacen perder lo recorrido.

Decidimos no ir muy pegados a la costa evitando las olas que chocan contra ella, pero estamos más expuestos al viento. También decidimos encarar las olas de frente; no parece buena idea que nos coja por el lateral.

Llegamos al puerto; hemos remado durante tres horas y media, descansando en Cala Pedrosa apenas veinte minutos. La vuelta la hacemos sin parar. No podíamos hacerlo.

Que no podíamos remar sin descansar, decía.

Es lo que tiene el miedo, que te hace sacar la fuerza que siempre has tenido, y no sabías que tenías.

“A ship in harbor is safe, but that is not what ships are built for.”

Nos leemos en la próxima. Dónde quiera que sea.

Pura vida.

David.

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