Tuca Estibeta de Literola || Valle de Remuñe

1-2 de diciembre llevaba marcado en nuestro calendario desde hace un par de meses. Era una fecha especial. Primero, porque suponía intentar una ruta que llevaba rondando en mi cabeza el tiempo suficiente como para estar muy motivado: Aneto por el corredor Estasen.

Y segundo, y mucho más importante, significaba el reencuentro en montaña de los cuatro que Tabernés unió, y ya nada separó. De los mismos por los que este blog apareció: Revu, Marcos, Raúl y un servidor, volvían a reunirse en el Pirineo. Por fin.

Esta motivación que sentía iba aumentando cada vez más conforme se acercaba la cita, por motivos evidentes (era un señor objetivo para nosotros), y por motivos personales.

Quería volver a subir a esos 3404 metros por tercera vez, recordando aquella primera vez en la que me llevaron de la mano.

Dos días antes de poner rumbo a Benasque, comprobamos que la nieve baña la pista que da acceso al refugio de pescadores, a 1800 metros de altura.

Esto trastocaba nuestros planes por completo, pues no tendríamos tiempo material para superar unos diez kilómetros de pista con 600 metros de desnivel extras, añadidos a todo lo que quedaría por encima.

Pero la montaña tiene infinitas posibilidades; y Revu también, pues no tardó en proponer un plan alternativo, de menos altura, pero de más incertidumbre: ascender a la Tuca de Estibeta de Literola por el corredor Jean Arnauld, desde el valle de Remuñe.

Cargamos nuestras latosas mochilas y, con raquetas en los pies, nos adentramos en esta preciosa “V” con la idea de confirmar lo que ya nos olíamos: Nadie había pasado por allí todavía. Aunque quizás buscábamos eso. Abrir huella, explorar un camino nuevo, dormir en nieve por primera vez, sudar y disfrutar como tantas veces.

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560 metros de desnivel en casi cuatro horas muestran como de duro estaba el terreno, pero eso no nos iba a quitar la sonrisa.

Llegamos al ibón de Remuñe, cubierto por la nieve, y nos movemos rápido para plantar las tiendas antes de que baje el sol y con ello la temperatura.

Nos movemos rápido, pero la decisión no fue a la misma velocidad. No tenemos muy claro dónde poner nuestras pequeñas casas, y qué pautas hay que tener en cuenta para ello (sobre hierba es mucho más fácil).

Tras varias idas y venidas, nos encontramos dentro de la tienda, disfrutando de una merecida cena, un precioso atardecer, y un montón de cosas de esas que sólo ocurren allí, y que por más que intente ponerle palabras, jamás llegarán a definirlo si no se va a experimentarlo.

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La noche no es fría, o eso creo. Dentro de mi saco estoy bien. No necesito más. Bueno, dormir, pero eso lo dejaremos para otra ocasión. Con apenas alguna cabezada paso las horas hasta que suena el despertador. Raúl me ha debido acompañar en el insomnio, pues me ha contestado a cada ataque de tos que me venía. Pero las pocas horas de sueño tampoco nos iba a quitar la sonrisa.

La nieve sigue blanda y, en la oscuridad de la noche, una pala de unos 45 grados nos espera deseosa. Por suerte tenemos a Revu, maquina de abrir huella bajo cualquier circunstancia. Asume la responsabilidad y tira para arriba seguido del resto del grupo.

Tras 200 metros de desnivel prácticamente en vertical, tomo el relevo, para sumar otros 200 metros bastante más llevaderos.

 

Nos encontramos casi a principio del corredor cuando empieza a salir el sol. El día es inmejorable, el horario clavado, las pilas cargadas y la motivación en alto. Pero en montaña entran muchas cosas en juego. Raúl crea camino hasta los pies de la canal, hundiéndose hasta la cadera y, a los pocos metros del corredor propiamente dicho, aparece un resalte de roca que nos dificulta el paso.

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Hay nieve, sí, blanda. Pero no la suficiente como para haber enterrado o haciendo más asequibles esos grandes bloques. No lo dudamos demasiado, nos asomamos para ver las posibilidades que existen de superarlo, pero nos falta el material adecuado y el nivel técnico para conseguirlo. Pero eso tampoco nos iba a quitar la sonrisa hoy.

Deshacemos nuestros pasos valle abajo con la satisfacción de haber pasado otro fin de semana entre amigos haciendo lo que más nos gusta.

Duelen las piernas, la mochila pesa y el descenso se hace largo. Pero ni me entero. Quería cansarme. Agotarme. Regalar un esfuerzo. Y respirar pura vida.

El Aneto tendrá que esperar. No importa demasiado. Lo único que quiero es que la espera para volvernos a juntar los cuatro sea más corta.

Nos leemos en la próxima, hasta entonces… lo de siempre.

Montaña, y pura vida.

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