Corredor Z al Tríptico || Peña Telera

Siempre he tenido lugares del Pirineo donde no he querido ir si no era en determinadas condiciones. Como cuando me prometí que no quería pisar Riglos si no era para escalar.

Así, hay sitios en invierno que están guardados para cuando tenga los conocimientos y material necesario para hacerlo en esquí de montaña.

Peña Telera era uno de ellos. Las aproximaciones largas se hacen pesadas y la vuelta puede ser agónica dependiendo de cómo se encuentre la nieve. Unas tablas bajo los pies facilitan la tarea, o por lo menos la hace más interesante.

A pesar de todo, Revu lleva con este objetivo en mente mucho tiempo; y ya sabéis como funciona esto: las pasiones se contagian.

Marcos, Diego, Revu y yo marchamos a Piedrafita de Jaca, donde comienza el ascenso al ibón de Piedrafita, primer punto de referencia en el camino.

En poco menos de una hora estamos a sus pies, encontrándonos de bruces con la imponente Peña Telera. El camino hasta aquí se encuentra pelado de nieve, y apenas unos neveros “manchan” el paisaje.

Vamos en busca del corredor Z, que se encuentra pasado todos los míticos que ascienden al punto más alto de la Peña: La Gran Diagonal, Maribel, Aller, Y…

Próximos a las tres horas, el corredor empieza a asomar. Marchamos en la sombra y la entrada al mismo parece cada vez más lejana, pues la pendiente gana inclinación sin contemplaciones, haciendo que la “caja” trabaje más que en todo el recorrido previo.

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Podría decir que las condiciones del corredor eran buenas, pero la verdad es que no tengo ni idea de cómo tiene que estar un corredor. La realidad es que había una fina capa de nieve polvo, camuflando la nieve dura que se encontraba a escasos cinco centímetros, por lo que el ascenso no era difícil, pero había que insistir para clavar el crampón.

Subimos sin encordar, pues las dificultades más destacables se encuentran en la salida. Imagino que con nieve, el terreno será mucho más amable. El caso es que para salir a la última parte de la canal, hay que superar unos metros por terreno mixto con roca muy rota. Tan rota que, una vez más, nos sentimos bolos a merced de piedras de un tamaño considerable.

Por suerte, ninguna impacta. Y todo queda en una anécdota más, de esas que únicamente comprenden los que la vivieron allí.

Alcanzamos la cima del Tríptico, que se sitúa a la derecha del corredor, a 2.622 metros sobre el nivel del mar y, tres rápeles después, volvemos al inicio del mismo, listos para deshacer nuestros pasos, completando así 24 kilómetros y 1300 metros de desnivel positivos en unas nueve horas.

Y en el descenso en cuando decido de qué van a hablar las últimas líneas de esta crónica:

Suerte. Casualidad. Todo se reduce a eso. A la casualidad.

Puedes y debes controlar todas las variables que estén en tu mano. De ti depende estar preparado para el momento oportuno. Pero hay una variable que condiciona todo lo demás, y que se aleja de tu control: el azar.

Y supongo que eso es lo que hace que la vida sea más interesante.

Somos el cúmulo de las casualidades que nos han ido ocurriendo. Somos productos del azar más inesperado. El aguja en el pajar. El sonido de la flauta por culpa del maldito burro. El sí, o el no, en la margarita de turno. Las doce uvas sin pepitas. La tostada por el lado de la mermelada.

Somos parte del viaje.

Nos leemos en la próxima. Hasta entonces ya sabéis: azar, y pura vida.

David.

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