Diedro Hoz de Jaca || 120 m (V+…)

“David, hacemos el Diedro de Hoz de Jaca, y por la tarde un barranco. ¿Cómo lo ves?” Es la voz de Javi proponiéndome EL planazo para un domingo soleado.

 Explicadme cómo narices digo que no a eso.

Además, a la escalada se une Carlos, su primera aparición en las líneas de este blog, pero seguro que no la última.

Para llegar a pie de vía, hay que empezar la casa por el tejado, es decir, rapelar desde el punto más alto de la escalada, hasta los pies del embalse de Bubal.

Después de rapelar la cascada de Sorrosal unos días antes, imaginé que pocos descensos iban a impresionarme tanto como aquél. Bueno, tras los dos rápeles a pies volados de cincuenta metros cada uno a la derecha del diedro, tengo que reconsiderar mi clasificación.

Encordados ya, comienzo la vía. Con adrenalina, tras los metros bajados; con nervios, por ver cómo me desenvolveré en un terreno nuevo para mí; y con dudas, y es que no sé cómo va a responder mi polea algo lesionada del dedo anular.

Los primeros metros, herbosos y sucios, nos acercan a las dificultades de verdad, que se prolongan durante el resto de la escalada, poniendo a prueba nuestra capacidad para moverse en oposición.

Alcanzo la R1, tras un paso complicado, que supero pensándomelo mucho, y sudando la gota gorda.

Javi y Carlos ascienden hasta la cómoda terraza, para confirmar lo que ya nos olíamos: Hoy toca apretar los dientes.

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Cambiamos cuerdas; el largo 2 será para Javi. Una placa muy fina al comienzo del largo nos vacila sin titubeos, y yo me las veo y deseo para pasarla de la manera más “elegante” posible.

En la R2 llega el momento de Carlos, y abre unos quince metros del largo 3, montando una reunión alternativa, al desviarse ligeramente del camino a seguir.

Aquí, Javi decide finiquitar el L3 y encarar L4 para salir por arriba antes de que nos alcance el sol, y es que el calor empieza a ser insoportable.

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Estoy seguro que haciendo ese largo de primero, me hubiera asustado sin compasión, como buen escalador dominguero que soy. El caso, es que el tener la cuerda por arriba hace que disfrute de cada metro de escalada en bavaresa que presenta la fisura. Una sensación única para los que no estamos acostumbrados a utilizar esa técnica.

Alcanzamos la cima, tras un paso más típico de circo, para salir a la reunión final, justo cuando el sol comienza a calentar el diedro. Nos hemos librado.

Y lo celebramos; no es para menos. Hemos luchado, sudado, gritado, sufrido, y superado una vía que está en el límite de nuestras capacidades (por mucho que pongan V+).

No creo que, cuando vuelva a pasar en coche por allí, pueda evitar que mis ojos apunten hacia esa pared, seguida de la sonrisa que se escapa cuando recuerdas momentos especiales.

Supongo que ese diedro no deja a nadie indiferente, y nosotros no íbamos a ser menos.

Y después de la batalla, Javi y yo recorremos el corto pero precioso barranco de Gorgol, refrescándonos en sus frías aguas.

Y… ¿ahora?

Pues lo de siempre, a pensar en la próxima.

Hasta entonces ya sabéis: Esfuerzo, y pura vida.

¡AQUÍ EL VÍDEO!

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