Aguja de Portalet || 105m (V+)

Hay días que suman y otros que restan. Y algunos que multiplican. Este fin de semana ha sido uno de esos.

Ha sido de los que ha cundido, ha multiplicado los minutos y las horas de sol y de esos en los que sin saber cómo, cargas energía para seguir una y otra vez. 

Tras varios cambios de planes, Ari y yo nos encontramos a las siete de la tarde en el parking Anayet, para emprender el camino hacia los ibones del mismo nombre, para pasar la noche y así disfrutar de una manera diferente de este fantástico lugar.

A pesar de la cercanía y popularidad del sitio, encontramos “sólo” tres tiendas más, orientadas todas ellas hacia el imponente Midi D`osseau.

Y así es, y es que salir después de trabajar entre cansancio, ganas de este ansiado finde y cosas por organizar hace que nuestros planes se tambaleen un poco. Llegamos, y al pasar la zona del bochornoso asfalto comienza la aventura. Subir y subir hasta llegar aquí, Ibón de Anayet. ¿Puede haber algo más precioso al atardecer un viernes de julio escapando del ardiente caldero de la capital maña? Diría que no. Cielo despejado, juego de luces, sombras y el color del atardecer le dan el toque a este paisaje, y además el querido Midi de David de fondo. Acampamos. Noche de mil estrellas, de darse la vuelta en la tienda, asomar nuestras cabecitas y dejar volar la imaginación. Recordamos esas noches en las que de repente una aurora boreal cruzaba el cielo con ese baile hipnotizante. Así si. 

 

Tras una noche estrellada como pocas, el pico Anayet nos espera impaciente.

En apenas una hora alcanzamos su cima sin complicaciones y retornamos el camino al coche.

Me siento fuerte. Generalmente me cuesta espabilar, pero las ganas de ver amanecer me pueden. Las de ver como el sol ilumina el valle y poco a poco la sombría noche desvanece. Hay que dejar paso a este nuevo día. Llegamos a la cima después de pasar por un tramo cadenas a modo de pasamanos. Vamos detrás de una pareja que parece conocer esta zona al dedillo y derrochan amabilidad. ¡Cómo me gusta este ambiente! Un pelín más de trepada et voila. Me impacta. Hemos llegado. Es precioso. Los infiernos, Midi, Vértice de Anayet y más picos que mi memoria es incapaz de recordar porque todo hay que decirlo… menudo lío me llevo con los valles, los picos, las carreteras y los embalses. 

Un plan nos ronda por la cabeza, que meditamos mientras nos bañamos en el embalse de Lanuza: Volver al Portalet para escalar la aguja.

Dicho y hecho. A las 18:30 estamos aproximándonos a su primer largo con ganas de devorar metros hacia arriba.

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L1 se presenta con un paso fino al principio y al final del mismo. Entiendo que es el largo más difícil de la vía, y Ari lo supera sin mayores dificultades.

Ahí me tienes. Asegurando a David. Memorizando los pasos a seguir para que el día de escalada este totalmente BIEN asegurado. Muchas son las dudas que asaltan a mi mente, como todas las primeras veces del día en el que se nos apetece escalar. 

– ¡¡REUNIÓN!!

 Y yo no se si es el viento o qué, pero no me siento nada segura. Me ato los gatos, recojo el material y comienzo a cantar y a musitar como de costumbre cuando veo que la concentración no me lleva por donde quiero. “Si por aquí no hay nada… habrá que buscar otra perspectiva” y ahí esta. Una pequeñita arista a la derecha que me da la vida. Me atasco a mitad, por no ver pies ni a diestro ni a siniestro. Palpo la pared. Y nada. No quiero pensar en este momento si fuera la que abre la vía. Me centro y pienso: “fíate de ese pie” y así; pasito a pasito llego con mucha ayuda de mi cordada a L2. 

L2 es un mero trámite, una arista que nos aproxima a la siguiente reunión.

Vamos a buen ritmo y bien coordinados.

A una bonita salida del L3 le acontecen varios metros de repisas para progresar, como si de una escalera se tratase.

Y nos plantamos en el penultimo largo (L4). Un diedro con roca que da miedo mirar, y sobre todo tocar. Comienzo intentándolo al recto, con poco futuro. Ari me dice que pruebe desviándome a la izquierda; y sí, ahí sí tiene otro color.

Seguimos sumando largos. Veo trepar a David y la imagen se me queda grabada en la retina. Qué fotón tengo ante mi. Y desaparece de mi vista más rápido que inmediatamente, o esa es mi sensación. Así que comienza el juego de cuerdas. Doy cuerda, recojo cuerda. Doy, recojo, doy, recojo…. y ya, ya es mi turno. De repente ese color de la vía que hemos sacado… desaparece. Me las veo y las deseo para salir de ahí. Pero una vez más templanza, y perspectiva, amiga. Ahí estaba el pie izquierdo esperándome para facilitarme el paso. A veces no vemos más allá de nuestras narices, y es una frase que hay que recordarse para salir del embotamiento mental cuando se tiene. En la montaña, y en la vida. (Nota mental: deberías usar más este recurso, recuérdaselo a tu “yo” del futuro). Al lío. Oigo a David animarme. Yo voy tocando rocas sueltas y me fío de las que están bien agarradas a la roca madre. Quiero llegar, pero no quiero comerme la roca. Pincha. Y seguimos. Poquito a poco. 

Alcanzo la reunión y las vistas al otro lado no pueden ser mejores: estoy en la cresta contemplando lo que en invierno es el corredor del Ejecutivo.

Ari asoma la cabeza, ella no lo sabe, pero va sobrada.

“Eres la hostia”, pienso en voz alta. “Recoge cuerda”, me responde. Hay que mantener la concentración.

No nos relajamos. Queda un ultimo largo para haber terminado la vía, y el sol comienza a precipitarse rápidamente.

Un mar de nubes entra en el Portalet, el sol apura sus últimos rayos y el frío quiere presentarse a la cita.

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Ese mar de nubes hace que apriete un poco más y siga subiendo. No es por nada, pero a mi me da mucho respeto que se me coma una nube y no hay nada como el miedo para zumbarle. Llego, con David esperándome en la cima, mi cara de asombro y una sensación de felicidad que no cabe en el pecho y no es para menos. Alucino con las vistas. El sol empieza a apagarse mientras las nubes se empeñan en privarnos del mismo por ahí abajo mientras aquí arriba pienso que es verdad que al final, el sol siempre brilla por encima de las nubes.

Bajamos corriendo, Ari así lo decide. Nos sobraban ganas, energía y por lo visto, piernas.

La felicidad de exprimir el tiempo, y compartirlo juntos. Otra vía de largos que nos comemos, cenamos en este caso.

Nos leemos en la próxima, y ya sabéis:

Montaña y pura vida.

*Texto compartido. En líneas, la crónica. En cursiva, los pensamientos.

¡AQUÍ EL VÍDEO!

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