Pico Canal Roya (2.348m) || Portalet

“El montañero que recorre con esquís las montañas se encuentra en comunión con la naturaleza, de la que forma parte estrechamente y la que le separa de la civilización. Él abre su huella sobre la nieve virgen y sus compañeros le siguen dentro de esa misma pista, símbolo de un objetivo seguido en equipo.

Alrededor de ellos el mundo es grande, desértico, impecablemente blanco. Es la libertad verdadera. Solamente el marino, sobre un pequeño velero, puede experimentar, en pleno mar, las mismas sensaciones.”

Momento de progresar, avanzar, mejorar. Para ello, Marcos, ansioso de estrenar equipo; Ari, impaciente por practicar el que va a ser “nuestro deporte” (así lo hemos decidido); Alberto, deseoso de nuevas experiencias; y un servidor, ponemos rumbo al Portalet para calzarnos las tablas y apuntar nuestras huellas a la cima de Canal Roya.

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El camino de subida, la no cima debido a la escasa visibilidad desde el collado, e incluso el trayecto de vuelta pasa a segundo plano después de la dosis de felicidad que esta excursión ha supuesto.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto en la montaña. Y la culpa no es únicamente de los esquís. Me explico:

Marcos está como un niño con zapatos nuevos. Sube y baja más veces que los demás; deseoso de esquiar, aprender y practicar. Como no podía ser de otra manera y a pesar de su corta experiencia esquiando, desciende como si lo hubiera hecho toda la vida. A sus ganas de retomar la escalada con más continuidad se le une el maravilloso mundo del esquí de montaña. Paradlo ahora.

No miento si digo que Ari me sorprende cada día, más. No es que no crea que pueda hacer todo lo que hace, porque lo hace; es que no me creo que tenga la suerte de tener una persona así a mi lado. Se alquila un equipo de travesía (a juego con sus bastones) y, sin haber practicado nunca algo parecido, se lanza cuesta abajo, entre la niebla, con la seguridad de saber que todo va a ir bien. Y supongo que es la única manera de que las cosas salgan bien: confiar que no pueden ocurrir de otra manera.

Y Alberto, a quien solo había visto en términos de escalada, decide que la primera vez que vamos a hacer montaña juntos, va a ser con unas tablas en sus pies, cuando apenas ha esquiado cuatro veces en su vida. Y gracias a esa bendita cabeza que tiene, pasa de bajar la primera pala en cuña y asustado, a esquiar en paralelo y riéndose en cada giro.

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Y a eso iba, que resulta que la culpa no la tienen los esquís, ni las dos horas y media de ascenso y los apenas cuarenta minutos de descenso. Ni el Sol, la nieve o los dátiles con chocolate. La culpa la tienen los que te arrancan una sonrisa, los que comparten tu pasión, y los que se empeñan en aprovechar cada segundo de cada minuto de la vida.

Nos leemos en la próxima, hasta entonces, ya sabéis.

Risas, y pura vida.

David.

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