Vía Edil (120m, V+) || Riglos

“Estaba rodeado de aire. Sentía como si estuviera caminando en el vacío, y a pesar de eso la sensación era increíble. Estaba seguro al cien por cien de que no me caería, y esa certeza fue lo que evitó que me cayera.” Alex Honnold en Solo en la pared.

Un mes ha pasado desde mi última vía de escalada. Y cuando hablamos de escalada en largos, el tiempo de inactividad, afecta. Y si hablamos de Riglos, la cosa se multiplica.

Riglos huele a verticalidad. Riglos suena a patio. Riglos sabe a esfuerzo. Riglos es, por encima de todo, un lugar increíble.

Siempre he creído que la vista de los mallos desde la carretera no hace justicia. No se es consciente de lo que Riglos significa, hasta que no tomas el desvío, te acercas al pueblo, y te pones debajo de sus paredes. Ahí, en ese momento, comprenderás a lo que me refiero.

Javi y un servidor, hemos regresado al paraíso con la intención de tachar un par de vías en los mallos más modestos.

La vía Edil a la Aguja Roja se muestra como una maravillosa alternativa para alcanzar su cima, escapando de la vía Normal en su cara norte. Algo más difícil, técnica y psicológicamente, la hace sin duda más atractiva. Eso, y que no nos gusta repetir.

Javi abre el primer largo. Treinta y cinco metros que se van complicando y encajonando poco a poco. Tu instinto de supervivencia te pide meterte cada vez más en la fisura, como intentando evitar las vistas hacia abajo; mientras, tu cabeza te grita que por fuera y con los pies a ambos lados de la pared será más fácil, que es cuestión de decisión. Menuda batalla esto de escalar.

Los próximos metros son míos. Y, en un ejercicio de concentración máxima, supero los pasos hasta la R con la acongojante caída que lo ambienta. Me encuentro con una pierna a cada lado del muro, aire en mi espalda y nada en mi rostro. Continúo ascendiendo mientras me repito la frase que dicen los buenos: Si aleja, se deja. Y es que la distancia entre seguro y seguro es considerable.

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Para finalizar, Javi remata la faena abriendo un largo más afín a lo que estamos acostumbrados a escalar, pero con un paso bastante complejo, por lo menos por donde nosotros lo encaramos.

Tres rápeles nos devuelven al suelo; y ponemos rumbo al mallo Cored, para ascender la Oeste clásica.

Una lluvia fina empieza a caer del cielo, y a empapar poco a poco la roca, por lo que únicamente escalamos el primer largo, y damos por finalizada la jornada de escalada.

Quizás sea el momento de perder el miedo a los mallos de mayores. Quizás sea el momento de crecer. De dar el salto, y tachar alguna de las vías más míticas.

Porque el mejor momento, siempre es ahora.

Nos leemos en la próxima. Hasta entonces, ya sabéis:

Confianza, y pura vida.

David.

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