Aguja Haurillon (3.075 m) || Benasque

Éramos libres.

Libres para poder decidir.

La noche era más oscura que nunca en el valle de Vallibierna. La luna apenas iluminaba el sendero; a diferencia de nuestros frontales.

Caminábamos sin hablar demasiado, como autómatas. La aproximación hasta los ibones de Coronas se nos hacía muy familiar,  y no teníamos que pensar.

Los metros iban cayendo y, cuando nos encontrábamos subiendo la incómoda pedrera hacia el collado entre la aguja Cregüeña y la aguja Haurillon, el Sol hacía acto de presencia.

Como si quisiéramos escapar de su calor, en el collado nuestra vista se orientaba a la derecha para contemplar los dos largos de escalada que esperaban impacientes nuestras caricias.

Una expuesta travesía hacia la derecha y un pequeño bloque final dejaban a Mark, primero de cordada, en la siguiente reunión, para poder asegurarme.

A partir de ahí, cinco metros verticales invitaban a meterse en la cueva debajo de un gran bloque. Una de esas amistosas trampas que hace la montaña.

Evitando meterse demasiado dentro, una fisura con tendencia a izquierda nos indica por donde debemos ir, buscando siempre la parte más sencilla del recorrido. Además, nuestros nuevos juguetes, friends y fisureros, entraban a las mil maravillas.  

Superado lo más complicado de la ruta, quedaba caminar por terreno descompuesto hasta alcanzar el punto más alto.

En aquella solitaria aguja, intimidados por la cara sur del Aneto y el corredor Estasen como protagonista, nos acompañaba el ibón más grande y bonito del pirineo: ibón de Cregüeña, infinidad de cimas la mayoría nevadas, la cara sur del Abadías, con sus múltiples vías de escalada que nos alentaban a soñar; y todo ello bajo un cielo azul que alentaba a volar.

Desde aquella cima, un escalofrío recorría mi cuerpo. Y supongo que tenía que ver con la satisfacción de haber progresado; de haber mejorado; de haber experimentado de nuevo eso de sentirse un poquito más competente.

Aguja Haurillon no era simplemente el tresmil más difícil que había escalado (subas por donde subas, tendrás que superar un paso de IVº). Era una nueva manera de ver las montañas. Se abría otro abanico más de posibilidades. Una nueva forma de soñar.

En aquel montón de roca éramos libres.

Libres para poder decidir.

Decidir que no se nos pase la vida encerrados entre cuatro paredes.

Nos leemos en la próxima.

Hasta entonces, ya sabéis: Libertad, y pura vida.

David.

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