La mirada de Maite (330m / 6b) || Peña Rueba

Todas las vías de escalada tienen un nombre con una historia detrás. A veces es pública y la conoce todo el mundo. Aunque siempre existe la posibilidad de inventarse una película propia.

Para mí, hoy, Maite ha sido el nombre de esa energía interna que te mantiene en movimiento, independientemente de las condiciones –frío y viento han sido protagonistas-. Sin darle importancia a los hándicaps –demasiado tiempo sin hacer vía larga-; sin pensar en las consecuencias.

Hoy, su mirada nos ha cautivado. Se podría decir que, en cierta manera, nos ha salvado. Ha agarrado y sacudido nuestro cuerpo tan fuerte que hasta el alma lo ha percibido. Y ha sonreído. Quizás llevaba tanto tiempo en carencia de emociones que lo de hoy ha sido desproporcionado. Como si el día de hoy valiera por dos.

A pie de vía, L1 y L2 sirven para canalizar y focalizar mi energía. Escalo de manera automática; no pienso, solo subo. Pocas veces ocurre, pero cuando sucede, es maravilloso.

El L3 es un mero trámite para colocarnos en la línea del primer largo de dificultad (L4/6a+). Al frío se le antoja hacer nuestras manos insensibles, como si fueran de cartón; pero lo que no sabía él, es que nosotros desbordábamos motivación y ganas, y lo encadenamos con bastante soltura.

A partir de aquí, los siguientes tres largos son una delicia. Transcurren por un muro compacto con buenos agarres en el que la línea fluye serpenteando para buscar el camino más fácil, seguro y divertido.

Alcanzada la reunión del L7, comienza la fiesta del canto. Javi abre un precioso y vertical largo con dos pasos clave, donde la gravedad empieza a hacer de las suyas. A pesar de ello, un 6a+ vuelve a rendirse.

Es mi turno, y encaro con muchas ganas el siguiente largo de 6b. Quizás demasiado ansioso, fallo pies y me coloco en una posición donde no tengo más opción que decir la palabra mágica: ¡Píllame!

La realidad es que aunque ese paso lo hubiera encarado de la manera correcta, me habría tenido que colgar una o dos chapas después, porque, a pesar de ser un largo con infinidad de cantos grandes, no da descansos hasta que encaras la pequeña canal previa a la reunión. Lo que los buenos llaman un largo de continuidad, en definitiva.

Los pasos salen, pero tengo que descansar con frecuencia. La satisfacción al superarlo, sea como fuere, es real.

Javi encara el penúltimo largo; 6a+ de nuevo. La panza inicial parece que quiere expulsarte de la pared; mandarte lejos. Pero el muro final tiene unos movimientos agarrando enormes bolos, que lo único que somos capaces de decir es afghhhssss, que significa no podemos estar disfrutando más.

Una fácil travesía pone punto y final a la mirada de Maite.

Camino al coche, echo la vista atrás. La pared de Peña Rueba se torna de un color entre naranja y rojo; el sol del invierno apenas calienta. La mirada de Maite nos hace un guiño. Creo que sabe a ciencia cierta que nos ha hecho un favor. Nos ha dado mucho más que una simple vía de escalada. Sabe que para nosotros ha sido algo especial, en un momento donde las emociones están confinadas.

Hoy los ojos volvieron a brillar de esa manera. Le debemos una.

Nos leemos en la próxima.

Hasta entonces, ya sabéis: emociones, y pura vida.

David.

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