Espolón Adamelo y normal al Pisón (6a) || Riglos

El Sol todavía no ilumina la pared del Pisón. El sonido de los cacharros de escalada nos acompaña en el corto camino de aproximación desde el mismo pueblo de Riglos. Cuando iba de pequeño a la montaña solía preguntarme para qué servirían todos esos bártulos colgando de ese «cinturón» tan raro. A veces, basta con pararse a pensar un poco, para ver todo lo que cambiamos, aprendemos y avanzamos en la vida.

Comenzamos a escalar por la variante a la derecha de la vía normal del espolón, algo más difícil pero reequipada. Pronto nos damos cuenta de dónde estamos, y de que lo difícil hoy va más allá del grado.

La panza del Cansao, la panza del Pijo y la panza del Cabrón, aparecen imponentes. Los cantos y agarres son obvios, pero se nota el paso de la gente, pues brilllan y quieren resbalar. Aún así, las superamos sin mayores problemas.

Navegamos por la pared, procurando no parecer un barco sin timón, buscando esos parabolts que escasean y nos recuerdan que esto son los señores mallos. Esto es Riglos.

El espolón Adamelo muere en el collado del Pisón. De ahí, tres largos con alguna panza aislada nos acercan a la cima.

Una vez arriba, ponemos palabras a nuestros pensamientos: Veniamos con el respeto necesario para subir a uno de los mallos más impresionantes de Riglos y, gracias a ello y a haber escalado en grados algo más duros, hemos encadenado la vía con solvencia. Lo difícil no han sido las archiconocidas panzas, sino no salirse de la línea, embarcarse, equivocarse y apretar más de lo necesario. En la cima, creemos que ha sido un entrenamiento mental, desarrollando nuestra capacidad para pensar en escalar y no en la distancia de seguro a seguro.

Y una vez abajo, reflexionamos: Los únicos que no sufren problemas, percances o errores son aquellos que no salen de casa. Experiencia y aprendizaje dan como resultado una evolución. Como montañero y como persona.

Riglos siempre será ese lugar dónde un escalador se gradúa. Donde los IV pueden extraplomar. Donde lo más seguro es no caerse.

Hoy, he cumplido el modesto sueño de subir al Pisón, después de verlo durante años en la lejanía.

Hoy, me he acordado de ti. La última vez que hablamos te dije que no me veía preparado para escalar en los mallos grandes. Y tú me dijiste que espabilara, que no me podía perder ese mundo. Gracias por enseñarmelo.

Este pequeño progreso va por ti, Santi.

Nos leemos en la próxima.

Hasta entonces, ya sabéis: evolución, y pura vida.

David.

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