De Toronzué a Sanchacollons || Comienza el esquí de montaña

Lejos queda ya aquella última salida de esquí la temporada pasada, deslizándonos por las palas de la cara oeste del Frondiellas.

Estos últimos meses la escalada me ha tenido atrapado, captando la mayor de las atenciones, pero en cuanto se han dado las condiciones, hemos salido en busca de la nieve como despavoridos.

La cota de nieve presumía de estar baja, y enseguida rescaté una ruta que tenía en mente y que me hacía mucha ilusión recorrer: subir al Pelopín y bajar al pueblo de Otal, desde el túnel de Cotefablo. Pero, como en esto de la montaña hay que aprender a improvisar, ser flexible, y sobre todo, escuchar a los que saben más, en el parking nos advierten que las caras nortes están muy heladas, haciendo peligrosos los descensos, y que la mejor opción, si se quiere esquiar algo, es buscar la orientación sur, para que el débil sol de diciembre consiga transformar la nieve, dejándola crema y fácil de esquiar.

Toronzué

Así pues, Ari y yo, recorremos la eterna pista para salir, por fin, a los lomos del pico Toronzué. Es la primera salida, por lo que, a 200 metros de desnivel de la cima, decidimos quitar focas y comenzar el descenso. Lo hacemos siempre por el filo, descendiendo el tramo de bosque que desemboca, de nuevo, en la pista. Ahí, calzamos focas de nuevo y remontamos la loma hasta la torre eléctrica para, una vez allí, salir a la ruta común con el Pelopín y descender al coche, comprobando que los tramos donde no ha llegado el sol, están helados y peligrosos.

El anticiclón nos obliga a aprovechar el tiempo y, sin dudarlo demasiado, de nuevo con Ari ponemos rumbo a Astún. Arnousse y Benou presentan una cara sur fantástica para esquiar, y se enlazan de manera rápida y sencilla (rápida para los rápidos, quiero decir).

Tras un inicio sobre nieve dura, y algunos flanqueos delicados; ascendemos, con cuchillas, hasta la base del collado que da acceso a la cima del Arnousse. Ahí, comprobamos el alud de placa que ha barrido toda la ladera, quedándose la montaña desnuda, sin su traje blanco. Nunca había visto algo así, de cerca, y me impresiona sobremanera. Y lo que es más importante, me recuerda el cuidado que se debe tener practicando montaña invernal.

Restos de un alud en Astún

Descartada la cima, descendemos hasta el muro de contención de aludes, y calzamos focas de nuevo, llegando al collado del Benou. Hemos venido a esquiar, la nieve pinta increíble y no queremos pasar a crampones para cinco minutos que costaría llegar arriba. Así que, bajada directa al parking, completando un recorrido circular, y una esquiada terriblemente disfrutona sobre nieve primavera. ¿Lo mejor? La compañía. Y quitarte los esquís a cinco metros del coche. Eso también.

Pala previa al Benou

El cuerpo me pedía forzar la maquinaria. Y, tras los consejos de sitios a los que ir, Revu y yo aparcamos en La Sarra, con la intención de subir el Sanchacollons. Nunca había estado por la zona, además me habían comentado que las condiciones para esquiar eran muy buenas, por lo que la decisión era fácil de tomar.

Ascendemos atajando por la pista y sin darnos cuenta salimos del bosque en el desvío hacia el Musales. Aquí, nos adelantan tres aviones que nos dejan la huella hecha y nos marcan el camino a seguir (nosotros ya habíamos cometido un par de pequeños errores antes). A 2200 metros, la pendiente se vuelve exigente. Pero, tras 4 horas de ascenso y 1300 metros de desnivel positivo, alcanzamos el punto más alto, sin necesidad de quitar los esquís.

Cima del Sanchacollons

Mientras subíamos, ya había decidido que la bajada sería directa por la cara sur hasta el inicio del bosque; y en cuanto hago los dos primeros giros, se me dibuja una sonrisa en la cara sabiendo que va a ser una bajada increíble. E increíblemente empinada, dicho sea. Placer máximo.

Los atajos que hemos utilizado para la subida no pintan demasiado bien para esquiar, por lo que basta con dejarse llevar por la pista, remando de vez en cuando, sin hacer giros, hasta parar el crono en la misma carretera.

Bajada por su pala sur

Han sido 1300 metros de esquí. Nunca había esquiado tanto. Soy un novato en este deporte.

Nunca voy a dejar de aprender. Nunca voy a dejar de disfrutar. ¿Cómo alguien no puede estar enamorado de este mundo? ¿Cómo es posible no pensar en subir montañas, para ver la vida desde arriba? Yo ya estoy condenado a esto. No tengo escapatoria. Y, sinceramente, no creo que quiera tenerla. Tendré que quedarme aquí, entre roca y hielo, entre tierra y cielo. Entre aire y vida. Pura vida.

Nos leemos en la próxima. Hasta entonces, ya sabéis: salud y montaña.

David.