Tuca Estibeta de Literola || Valle de Literola

La nieve ha caído en la frontera. Parece que Llanos de Hospital la conserva en condiciones excelentes. También en el valle de Literola, pero éste no la ha tratado tan bien.

Nuestro objetivo inicial es subir a lo más alto de la Tuca Estibeta de Literola, y disfrutar de, según dicen, uno de los mejores descensos del valle.

Comenzamos con los esquís a la espalda hasta salir del bosque. En apenas diez minutos nos encontramos en valle abierto y las primeras impresiones son poco prometedoras: ha hecho (y hace) mucho frío. Además, el viento ha soplado con fuerza y ha dejado la nieve de lo más irregular que hemos visto en nuestra corta experiencia. Zonas de puro hielo se intercalan con nieve polvo donde te hundes hasta la cintura si pisas sin esquís.

Decidimos ir hasta la cabaña de Literola, para ver cómo están las condiciones por ahí arriba. A nuestra huella se unen otras dos parejas, que tampoco tienen muy claro qué hacer. La ruta hacia Fites de Perdigueret no da buena espina, pues en su cara este se observa una colada de un tamaño considerable.

La nieve, a 2.000 metros, sigue igual que antes. Pero brilla el sol, apenas sopla el viento, el recorrido es evidente y el grupo está fuerte y convencido. Decidimos avanzar y, a la altura de 2.200, giramos bruscamente para trazar una diagonal hacia la derecha, ascendente, y salir a la eterna pala final de la Tuca.

Las dos parejas deciden darse la vuelta. Nosotros seguimos. No va a ser la mejor esquiada de la temporada (a la postre será la peor), pero el ambiente es maravilloso, y bien merece el esfuerzo seguir ascendiendo.

Un «avión» hecho persona baja desde la cima, con cuerda y dos piolos en las manos. Ese casco me suena, soy un poco friki de este mundo, y si alguien viene del valle de Remuñe, lo ha hecho ascendiendo a la Tuca por el corredor Jean Arnauld (hizo dos corredores esa mañana), en solitario. Se trata de Jonatan García, alpinista vasco afincado en Benasque. Nos comenta que la nieve está dura hasta la misma cima, y que con esquís no compensa subir. Y no le faltaba razón.

A 2.600 metros, decidimos pasar a crampones. Varios minutos después, creemos que deberíamos empezar a bajar. Se nos echa el tiempo encima; la bajaba va a ser delicada y en el fondo del valle la sombra empieza a enfriar el ambiente. A cien metros de la cima, nos damos la vuelta y calzamos esquís.

La inclinación es considerable y el hielo sigue ahí. Así que, girando poco y con cuidado, vamos perdiendo altura. Tras la pala principal, que tiene que ser espectacular con nieve buena, comienzan las zonas de nieve cambiante. Pasada la cabaña, los esquís se me pegan en la nieve polvo, y soy incapaz de deslizar. Me está cansando mucho esquiar, pues tengo que estar remando constantemente. Así que decido echármelos a la espalda y bajar caminando. El resto del grupo decide continuar con ellos.

De vuelta en el bosque, la sensación general es la misma: la esquiada ha sido de supervivencia, pero la ruta, por el lugar, el trazado, las posibilidades, las vistas, merece mucho la pena.

Tocará volver con nieve primavera. Hasta entonces, ya sabéis: Intentos, y pura vida.

David.

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