Cresta Crabioules || Valle de Literola

«El precio de la libertad es la soledad, y el precio de ser pájaro la esclavitud del tiempo.»

Reflexiones de este estilo escribió Miriam García Pascual, recogidas en su libro Bájame una estrella. Si no lo conocíais, ya estáis tardando.

La primera vez que leí esa frase no fui capaz de entenderla. Por lo menos de esa forma en la que se entienden las cosas, de verdad. Desde las entrañas. Asimilándola. Viviéndola.

Yo, que jamás voy a ser tan valiente como para ser verdaderamente libre, para ser pájaro, juego a volar de vez en cuando. Y, ¿acaso hay alguna forma mejor de hacerlo que caminar sobre las nubes en un estrecho camino sobre el granito pirenaico?

Revu y un servidor ponemos rumbo a nuestro amado valle. Territorio de tresmiles, de crestas, de ibones, de paisajes que cortan la respiración, literalmente. No puede terminar el verano sin haber hecho alguna actividad potente en sus montañas. Sin sentirnos montañeros, de bota y calcetín de borreguillo.

Nuestro plan es el siguiente: vivaquear en el ibón de Literola para, al amanecer, recorrer los cuatro tresmiles que forman la cresta Crabioules. Desde los 3045 metros de Tusse de Remuñe hasta los 3116 metros de Crabioules Occidental.

Cargamos todo lo necesario para la tarea, y nos adentramos en el valle de Literola, el cual hemos recorrido este año en varias ocasiones (siempre con esquís). La última en Semana Santa, cuando ascendimos el Fites de Perdigueret, con una panorámica espectacular desde su cima.

Algo más de mil metros de desnivel me recuerdan lo duro que es esto y que, como no tengas la motivación necesaria para hacerlo, puede convertirse en un esfuerzo multiplicado.

Ibon de Literola con la cresta Crabioules al fondo.

Al llegar, nos acomodamos para pasar una noche bajo la luz de las estrellas. Revu nunca ha hecho vivac y yo, desde que me decidí a probarlo el año pasado, le encuentro todo ventajas: te ahorras el peso de la tienda de campaña, es más fácil buscar un sitio óptimo, te olvidas de desmontar en la oscuridad, y duermes igual de mal que en la tienda, o sea, cero minutos.

Durante el camino al ibón, el capuccino destinado al desayuno del día siguiente, decide ser libre (debía ser pájaro como Miriam García) y «volar» por mi mochila, aromatizando las próximas horas con un toque sutil de café. Los que me conocen saben lo que me afecta la cafeína. Así que pienso que voy a subir como una moto por la cresta.

No hace frío, ni viento. No hay estrellas. A cambio, la luz de la luna llena ilumina el valle, como si se hubieran dejado la luz de la cocina encendida. La noche pasa tranquila, hasta que a las cinco de la mañana salimos de nuestros sacos.

Ascendemos buscando los mojones que marcan el buen camino, hasta montarnos en la arista que conduce a la primera cima del día: Tusse de Remuñe. Justo en ese instante el Sol supera la barrera natural que forma el macizo del Maupás, e ilumina nuestro objetivo.

En la otra dirección de la cresta quedan los tresmiles Rabadá y Navarro, en honor a la cordada aragonesa que en los años 60 abrió, con incalculable valentía y fortaleza, algunas de las vías más míticas de Pirineos, Picos de Europa, o Riglos. Vías que aún hoy en día suponen un reto mayúsculo para la mayoría de escaladores, y que ojalá sea capaz de pasar por alguna de ellas «cuando sea mayor».

Continuamos a la izquierda para avanzar, de más fácil a difícil, hasta la base del primer paso técnico (III+) bajo la aguja Jean Garnier (3026m). Aquí nos encordamos y realizamos un largo de cuerda hasta el punto más alto del gendarme. Un clavo nada más superar el bloque y un puente de roca después aseguran los movimientos más complejos.

Desde la cima del Jean Garnier

De la cima de la aguja, un destrepe expuesto nos deposita en una brecha antes de ascender el siguiente paso (III+).

Una travesía hacia la izquierda con un friend abandonado, y una chimenea algo descompuesta, nos llevan en treinta metros de cuerda a la cima del siguiente gendarme, desde donde vemos los imponentes Crabioules, con un patio de decenas de metros a los dos lados.

La cresta se afila y, aunque la dificultad decrece, exige especial atención puesto que no se puede cometer ningún fallo. Muchas veces confundimos los términos de dificultad y exposición. El paso de Mahoma, en el Aneto, es muy fácil, pero también muy expuesto. Un 6c con parabolts a metro es difícil (depende para quien), pero raramente te vas a hacer daño si te caes.

Avanzamos en ensamble, a veces por el filo, a veces por la vertiente de Literola, para tachar Crabioules Occidental primero, y Oriental después. Punto en el cual nos desencordamos y hacemos el merecido descanso.

Desde ahí arriba, las vistas se nos van a la cresta de Lezat (requeteapuntada desde ese momento), y a la más sencilla cresta de Literola que finaliza en la cima del Perdiguero.

Por nuestra parte, hemos tenido bastante, así que rapelamos la brecha Mamy y descendemos en busca del collado inferior de Literola, para recoger el material de vivac y deshacer nuestros pasos hasta la furgoneta.

Requieren esfuerzo, muchas horas, mochilas pesadas, pasar las noches en la incomodidad, pasar algo de miedo, y de hambre o sed pero, aún a día de hoy, sigo sin encontrar ninguna actividad que me aporte tanto como lo hacen este tipo de escaladas. Así que seguiremos exprimiendo el cuerpo hasta que diga basta, o hasta que las nieves venideras, y la propia montaña nos haga reducir, como si de un castigo se tratase, la altura de nuestros sueños.

Nos leemos en la próxima, hasta entonces ya sabéis: abismos, y pura vida.

David.

Camino recorrido, con Tusse de Remuñe al fondo.

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