Los tacones rosas de la tía Glori (200m / 6c) || Mallo Frechín

Aunque todavía cabe la posibilidad de hacer alguna escalada en el Pirineo, la temporada termina y es momento de exprimir lugares como Riglos y Peña Rueba.

En esta ocasión, me dirijo de nuevo, junto a José Luis, al mallo Frechín, con la idea de ascender otra vía de Sueño Vertical. Una restauración de las antiguas vías Rosaleda y vía del Taco, saliendo con tres largos añadidos por las paredes del mallo.

José Luis sólo había escalado en Riglos haciendo deportiva. Le digo que eso hay que remediarlo; que no puede ser que después de tantos años escalando no haya hecho largos allí. Sigo inventándome excusas para liar a la gente a hacer metros. Pero la realidad es que nunca decepciona. Escalar, y más en Riglos, es otra historia, otras sensaciones que difícilmente se encuentran en escuelas de deportiva.

Un paseo hasta pie de vía (después de las eternas aproximaciones en verano, esto es un lujo), nos planta a la izquierda del inmenso desplome de La Visera. A mí aquello me sigue pareciendo una cosa marciana, pero continuamos en la senda para encontrar el equilibrio y la determinación de escalar a su cima.

Realizamos el sorteo; a José Luis le toca los largos impares (entre ellos el más duro) y a mi, los pares.

Los dos primeros largos coinciden con la vía Negro Sobre Rosa. Se trata de una escalada en oposición donde si lo haces bien, deberían cansarse más los gemelos que los brazos.

L3 (6a) continúa la misma tónica hasta llegar a una chimenea más estrecha en la que me convierto en un friend del número 16. Con la mochila quedo totalmente encajado a un metro de la reunión, así que tengo que descender lo suficiente como para poder colgármela en el arnés y ganar los metros que me quedan. El largo no es difícil, pero sí curioso.

L3

L4 asciende por unos metros verticales hasta perder altura por una zona de roca muy suelta equipada con una cuerda fija.

Y es aquí donde comienza lo más duro de la vía. José Luis abre L5 (6c), con una panza al inicio escalable, unos metros verticales que exigen aguantar, y una panza con movimientos a izquierdas previa a la reunión donde cuelgo como un chorizo. Ya se sabe que en Riglos, por norma general, es importante hacer los pasos rápido subiendo mucho los pies para cansarte lo menos posible pero, como siempre, la teoría no sirve para nada si no eres capaz de aplicarla.

L6 (6a+) para mí. Precioso y mantenido, con una panza a mitad algo más difícil pero bastante homogéneo. Lástima que tenga que parar a descansar. El largo anterior pasa factura. José Luis lo encadena sin problemas.

L6

Para acabar, L7 (6a). Una panza inicial con un paso bastante obligado y largo (por lo menos esa sensación tuvimos los dos, a no ser que nos dejáramos de agarrar algo), seguido de unos metros ya tumbados y sencillos para alcanzar la cima del mallo Frechín.

L7

Como la escalada no ha tenido grandes sobresaltos, había que ponerle el puntito de aventura en la bajada y, en lugar de enlazar el cómodo sendero que ladea horizontalmente desde el collado con el circo de verano, enfilamos hacia abajo haciendo una buena jabalinada, por si acaso había dudas de lo malos que somos.

Una más en este maravilloso lugar. Todavía sigo preguntándome cómo subieron por allí en los años 60 con clavos y tacos de madera. Me da miedo sólo pensarlo.

También me pregunto qué es lo que tiene escalar que engancha tanto. Mientras lo descubro, continuaremos dejándonos llevar por el camino vertical.

Nos leemos en la próxima. Hasta entonces ya sabéis: barro aragonés, y pura vida.

David.

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