Petrechema (2.371m) || Valle de Ansó

Cuando la monotonía del estudio te absorbe, es fácil olvidar que hay cosas muchísimo más importantes que un examen. Es sorprendentemente sencillo perder el norte, obnubilarte, cegarte. Quizás, incluso obsesionarte. A veces distingues bien esa línea, y otras no tanto. La suerte es tener gente que te recuerde lo esencial: furgoneta, montaña, esquí y nieve.

De esta última la cosa va escasa, porque el anticiclón está agarrado como una garrapata. A pesar de ello, Ari y yo decidimos viajar al Refugio de Linza, para volver a respirar aire limpio.

Nuestra idea es clara: esquiaremos lo que se pueda, sino, andando y con crampones, hasta el punto más alto de una cima a la que le tengo muchas ganas. Más por una zona desconocida para mí (y para nosotros), que por la esquiada en sí.

Comenzamos a las 11 desde el refugio, cerrando el «grupo». Nos gusta ser vagón de cola. Ña… la verdad es que Linza está lejos de casa, y confiamos en que la ruta sea sencilla, como así fue.

Quedan escasas lenguas de nieve en las inmediaciones de Linza, orientadas al sur, y no es hasta los 1.700 metros de altura que conseguimos encontrar continuidad para poder calzar esquís.

Alcanzado el collado de Linza (1.937m), nos dejamos caer al llano y, foqueando por fondo del valle, enfilamos sin pérdida el camino hacia el norte con la cima del Petrechema visible.

A cien metros del punto más alto decidimos pasar a crampones, puesto que el viento ha hecho de las suyas, dejando la fácil arista final llena de hielo y roca.

Una vez en la cumbre, contemplamos las Agujas Ansabére; y es que, Petrechema en realidad no es más que la antecima de estas afiladas paredes que te obligan a escalar para alcanzar su cima. Por nuestra parte, hemos tenido suficiente, y emprendemos el camino de vuelta.

Nieve algo dura pero segura hasta el collado y transformada hasta los 1.700 metros, hacen que podamos disfrutar del esquí como uno de los grandes regalos del día.

Estamos solos. A lo lejos vemos los excursionistas que también habían recorrido el mismo itinerario que nosotros. Las nubes grises dejan una grieta de luz en el horizonte. El sol hace su juego de luces del invierno. No hace nada de frío. No se escucha más que el sonido de nuestro descenso. Sólo importa el aquí y ahora.

Estudia como si fuera lo más importante. Pero sé muy consciente de que no lo es.

Nos leemos en la próxima.

Hasta entonces ya sabéis: Brújula, y pura vida.

David

Tuca Estibeta de Literola || Valle de Literola

La nieve ha caído en la frontera. Parece que Llanos de Hospital la conserva en condiciones excelentes. También en el valle de Literola, pero éste no la ha tratado tan bien.

Nuestro objetivo inicial es subir a lo más alto de la Tuca Estibeta de Literola, y disfrutar de, según dicen, uno de los mejores descensos del valle.

Comenzamos con los esquís a la espalda hasta salir del bosque. En apenas diez minutos nos encontramos en valle abierto y las primeras impresiones son poco prometedoras: ha hecho (y hace) mucho frío. Además, el viento ha soplado con fuerza y ha dejado la nieve de lo más irregular que hemos visto en nuestra corta experiencia. Zonas de puro hielo se intercalan con nieve polvo donde te hundes hasta la cintura si pisas sin esquís.

Decidimos ir hasta la cabaña de Literola, para ver cómo están las condiciones por ahí arriba. A nuestra huella se unen otras dos parejas, que tampoco tienen muy claro qué hacer. La ruta hacia Fites de Perdigueret no da buena espina, pues en su cara este se observa una colada de un tamaño considerable.

La nieve, a 2.000 metros, sigue igual que antes. Pero brilla el sol, apenas sopla el viento, el recorrido es evidente y el grupo está fuerte y convencido. Decidimos avanzar y, a la altura de 2.200, giramos bruscamente para trazar una diagonal hacia la derecha, ascendente, y salir a la eterna pala final de la Tuca.

Las dos parejas deciden darse la vuelta. Nosotros seguimos. No va a ser la mejor esquiada de la temporada (a la postre será la peor), pero el ambiente es maravilloso, y bien merece el esfuerzo seguir ascendiendo.

Un «avión» hecho persona baja desde la cima, con cuerda y dos piolos en las manos. Ese casco me suena, soy un poco friki de este mundo, y si alguien viene del valle de Remuñe, lo ha hecho ascendiendo a la Tuca por el corredor Jean Arnauld (hizo dos corredores esa mañana), en solitario. Se trata de Jonatan García, alpinista vasco afincado en Benasque. Nos comenta que la nieve está dura hasta la misma cima, y que con esquís no compensa subir. Y no le faltaba razón.

A 2.600 metros, decidimos pasar a crampones. Varios minutos después, creemos que deberíamos empezar a bajar. Se nos echa el tiempo encima; la bajaba va a ser delicada y en el fondo del valle la sombra empieza a enfriar el ambiente. A cien metros de la cima, nos damos la vuelta y calzamos esquís.

La inclinación es considerable y el hielo sigue ahí. Así que, girando poco y con cuidado, vamos perdiendo altura. Tras la pala principal, que tiene que ser espectacular con nieve buena, comienzan las zonas de nieve cambiante. Pasada la cabaña, los esquís se me pegan en la nieve polvo, y soy incapaz de deslizar. Me está cansando mucho esquiar, pues tengo que estar remando constantemente. Así que decido echármelos a la espalda y bajar caminando. El resto del grupo decide continuar con ellos.

De vuelta en el bosque, la sensación general es la misma: la esquiada ha sido de supervivencia, pero la ruta, por el lugar, el trazado, las posibilidades, las vistas, merece mucho la pena.

Tocará volver con nieve primavera. Hasta entonces, ya sabéis: Intentos, y pura vida.

David.

De Toronzué a Sanchacollons || Comienza el esquí de montaña

Lejos queda ya aquella última salida de esquí la temporada pasada, deslizándonos por las palas de la cara oeste del Frondiellas.

Estos últimos meses la escalada me ha tenido atrapado, captando la mayor de las atenciones, pero en cuanto se han dado las condiciones, hemos salido en busca de la nieve como despavoridos.

La cota de nieve presumía de estar baja, y enseguida rescaté una ruta que tenía en mente y que me hacía mucha ilusión recorrer: subir al Pelopín y bajar al pueblo de Otal, desde el túnel de Cotefablo. Pero, como en esto de la montaña hay que aprender a improvisar, ser flexible, y sobre todo, escuchar a los que saben más, en el parking nos advierten que las caras nortes están muy heladas, haciendo peligrosos los descensos, y que la mejor opción, si se quiere esquiar algo, es buscar la orientación sur, para que el débil sol de diciembre consiga transformar la nieve, dejándola crema y fácil de esquiar.

Toronzué

Así pues, Ari y yo, recorremos la eterna pista para salir, por fin, a los lomos del pico Toronzué. Es la primera salida, por lo que, a 200 metros de desnivel de la cima, decidimos quitar focas y comenzar el descenso. Lo hacemos siempre por el filo, descendiendo el tramo de bosque que desemboca, de nuevo, en la pista. Ahí, calzamos focas de nuevo y remontamos la loma hasta la torre eléctrica para, una vez allí, salir a la ruta común con el Pelopín y descender al coche, comprobando que los tramos donde no ha llegado el sol, están helados y peligrosos.

El anticiclón nos obliga a aprovechar el tiempo y, sin dudarlo demasiado, de nuevo con Ari ponemos rumbo a Astún. Arnousse y Benou presentan una cara sur fantástica para esquiar, y se enlazan de manera rápida y sencilla (rápida para los rápidos, quiero decir).

Tras un inicio sobre nieve dura, y algunos flanqueos delicados; ascendemos, con cuchillas, hasta la base del collado que da acceso a la cima del Arnousse. Ahí, comprobamos el alud de placa que ha barrido toda la ladera, quedándose la montaña desnuda, sin su traje blanco. Nunca había visto algo así, de cerca, y me impresiona sobremanera. Y lo que es más importante, me recuerda el cuidado que se debe tener practicando montaña invernal.

Restos de un alud en Astún

Descartada la cima, descendemos hasta el muro de contención de aludes, y calzamos focas de nuevo, llegando al collado del Benou. Hemos venido a esquiar, la nieve pinta increíble y no queremos pasar a crampones para cinco minutos que costaría llegar arriba. Así que, bajada directa al parking, completando un recorrido circular, y una esquiada terriblemente disfrutona sobre nieve primavera. ¿Lo mejor? La compañía. Y quitarte los esquís a cinco metros del coche. Eso también.

Pala previa al Benou

El cuerpo me pedía forzar la maquinaria. Y, tras los consejos de sitios a los que ir, Revu y yo aparcamos en La Sarra, con la intención de subir el Sanchacollons. Nunca había estado por la zona, además me habían comentado que las condiciones para esquiar eran muy buenas, por lo que la decisión era fácil de tomar.

Ascendemos atajando por la pista y sin darnos cuenta salimos del bosque en el desvío hacia el Musales. Aquí, nos adelantan tres aviones que nos dejan la huella hecha y nos marcan el camino a seguir (nosotros ya habíamos cometido un par de pequeños errores antes). A 2200 metros, la pendiente se vuelve exigente. Pero, tras 4 horas de ascenso y 1300 metros de desnivel positivo, alcanzamos el punto más alto, sin necesidad de quitar los esquís.

Cima del Sanchacollons

Mientras subíamos, ya había decidido que la bajada sería directa por la cara sur hasta el inicio del bosque; y en cuanto hago los dos primeros giros, se me dibuja una sonrisa en la cara sabiendo que va a ser una bajada increíble. E increíblemente empinada, dicho sea. Placer máximo.

Los atajos que hemos utilizado para la subida no pintan demasiado bien para esquiar, por lo que basta con dejarse llevar por la pista, remando de vez en cuando, sin hacer giros, hasta parar el crono en la misma carretera.

Bajada por su pala sur

Han sido 1300 metros de esquí. Nunca había esquiado tanto. Soy un novato en este deporte.

Nunca voy a dejar de aprender. Nunca voy a dejar de disfrutar. ¿Cómo alguien no puede estar enamorado de este mundo? ¿Cómo es posible no pensar en subir montañas, para ver la vida desde arriba? Yo ya estoy condenado a esto. No tengo escapatoria. Y, sinceramente, no creo que quiera tenerla. Tendré que quedarme aquí, entre roca y hielo, entre tierra y cielo. Entre aire y vida. Pura vida.

Nos leemos en la próxima. Hasta entonces, ya sabéis: salud y montaña.

David.

Frondiellas (3.060m) || Respomuso – Arriel

No tenemos muy claro qué hacer. Todavía queda nieve, pero hay que buscarla en altura. Además, estamos muy motivados con la escalada. Menuda decisión tan difícil… Ojalá todos los problemas de la vida fueran éstos.

Una reflexión nos lleva a decantarnos por un fin de semana de esquí de travesía: la roca siempre va a estar ahí, la nieve no.

Preparamos los bártulos y ponemos rumbo a La Sarra, para hacer noche en el refugio de Respomuso. El camino hasta el mismo está totalmente limpio, con lo que el porteo de todo el material (tablas y botas) se traduce en tres horas a ritmo tranquilo con una mochila pesada.

El valle está precioso. El verde aflora con fuerza, mientras que el blanco predomina en las altas cimas. Además, los barrancos bajan cargados de agua. Era de la primavera, como bien canta La M.O.D.A.

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Espelunciecha (2.396 m) || Formigal

La obsesión por atarse. La manía de hacerlo. En una muestra de ego, de supervivencia, de miedo. En una señal de seguridad, o inseguridad;  en un “sigamos a la marabunta”; en un “si todo el mundo lo hace, yo también”.

Atarse, para demostrar que puedes hacerlo, aunque en realidad no tengas otra opción. O no la quieras tener.

Atarse a las obligaciones, a las responsabilidades, a la rutina. Atarse al otro extremo de la cuerda, sin pensar que hay al otro lado. Sin entender que, en la mayoría de las ocasiones, no importa el cómo, ni tan siquiera el con quién. Por qué atarse, sigue siendo la pregunta más difícil, la ecuación más compleja, la ruta más abrupta. Seguir leyendo «Espelunciecha (2.396 m) || Formigal»

Pico Canal Roya (2.348m) || Portalet

“El montañero que recorre con esquís las montañas se encuentra en comunión con la naturaleza, de la que forma parte estrechamente y la que le separa de la civilización. Él abre su huella sobre la nieve virgen y sus compañeros le siguen dentro de esa misma pista, símbolo de un objetivo seguido en equipo.

Alrededor de ellos el mundo es grande, desértico, impecablemente blanco. Es la libertad verdadera. Solamente el marino, sobre un pequeño velero, puede experimentar, en pleno mar, las mismas sensaciones.” Seguir leyendo «Pico Canal Roya (2.348m) || Portalet»