Matterhorn: El laberinto rocoso.

“Creo que este pico está en el límite de nuestras posibilidades.”

Lo pongo entre comillas, pero es mi voz desde el primer momento que se planteó intentarlo.

Y es que a veces hay que ir al límite para saber dónde está. Sino, nos pasaríamos la vida estancados en el mismo punto de partida. En nuestra zona de confort. Ahí, invulnerables pero conformistas. Saciables.

Creo que el Matterhorn, o Cervino para los italianos, no necesita presentaciones. Cualquiera que sepa algo de montaña lo conoce; y cualquiera que no sepa absolutamente nada de montaña la ha visto comiéndose un Toblerone. De pequeños todos hemos dibujado esa forma puntiaguda. Pues así es como debe ser una montaña. El que imaginó una cumbre seguro que pensó en una línea similar.

Es, sin lugar a dudas, la máxima expresión de ella.

Tras unos días machacando piernas y brazos por los alrededores de Zermatt, llegó el momento de poner rumbo al refugio Hornli. Bueno, debería llamarlo hotel, pues las condiciones y comodidades así lo merecen (con lo que se paga no es para menos).

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Una vez acomodados, nos ponemos todo el material y decidimos comprobar cómo es el terreno para la ascensión del día siguiente. Quitar tensiones, comprobar sensaciones, practicar la progresión. Ese era nuestro cometido en esos primeros ciento cincuenta metros de ascensión. Y así fue.

Desde la visión de alguien que iba totalmente concienciado de que este pico no iba a ser uno cualquiera, yo no encontré nada que no me esperara.

Sus trepadas sencillas pero comprometidas, su camino confuso imposible de seguir, su caos de roca, y sobretodo su caída de piedras fue lo que nos dio la bienvenida.

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5:00 de la mañana. Un panal de luces frontales se aglomeran en la primera trepada. Cojo la cuerda con firmeza, seguridad y decisión. Comienza el ascenso.

Avanzamos como ciego sin lazarillo. En apenas cien metros de desnivel las luces se extienden a lo largo de la arista. Se estira el chicle. Hemos perdido la referencia de los guías. Resulta imposible seguirles el ritmo. No somos los únicos que nos quedamos por detrás. Varios nos equivocamos de camino. Veo a un guía y su cliente por encima de mi, en la ruta correcta. Así que les dejo pasar, y le digo a mi compañero de cordada, Revu, que nos tenemos que pegar a su culo, literalmente, si queremos tener alguna posibilidad.

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Y se oye una voz por detrás que dice que paremos. Marcos no se encuentra bien y decide no continuar. Lo siguiente que sale por su boca es un “lo siento, chicos”.

Me entra la risa. Es el mismo que me ha abierto huella decenas de veces. El que me ha venido a buscar cuando mis piernas no podían más. Como si hubiera algo que perdonar. Deshago junto a él el camino recorrido y vuelvo al encuentro de Revu y Diego.

Creo que todos éramos conscientes, desde ese momento y, probablemente desde antes, que no íbamos a hacer cima. Los guías no están. Se han perdido en el laberinto de roca. Aún así, decidimos continuar hasta donde lleguemos; estábamos allí y queríamos vivirlo.

Me encuentro bien, (bastante) mejor de lo esperado. Estoy disfrutando, trepada tras trepada. Me encanta.

Pero avanzar mucho más no tiene demasiado sentido. El descenso no está claro así que decidimos hacerlo con tiempo.

Llegamos a Hornli de nuevo a las 11:30. Schwarzsee a las 13:00 y Zermatt  las 14:30.

Se acabó el sueño.

Y es que al final resultó que sí, que es una montaña en la que hay que moverse rápido, ágil, hábil, concentrado. Creo que es una montaña de montañeros. De los de cuerda y calcetines de borreguillo.

Es una montaña para la que se han tenido que hacer muchas horas de montaña (valga la redundancia) previamente.

Así que seguiremos “echando” horas, y quién sabe si algún día volvemos. Por ahora el cuerpo me pide menos picos. Menos cifras y objetivos.

Me pide más pared, más escalada sin importar el número. Más sendero, más mochila.

Tienda, anocheceres y amaneceres. Paisajes.

Matterhorn pasa a significar para nosotros algo más que una simple montaña. Será, a partir de hoy, una referencia, un recuerdo, una cicatriz.

Una marca en nuestra piel.

Pura vida.

David.

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Tormenta en Cregüeña.

La mochila pesa, aunque menos que otras veces. Creo que tengo menos fondo físico que el año pasado, o simplemente es mi sensación. Me hubiera gustado haber entrenado más,  pero de una manera u otra, he hecho lo que me apetecía hacer. Sin obligaciones. Estoy feliz.

Me encuentro bien subiendo las terribles cuestas pedregosas que conducen al maravilloso ibón de Cregüeña, en el Valle de Benasque. El ritmo es lento, no hay ninguna prisa, y amenizamos las cerca de cuatro horas de recorrido con conversaciones eternas y juegos varios. Cada día que pasa tengo más claro como quiero hacer montaña. Pasar cuantas más horas mejor, dormir, parar, reír. Mirar; mirar y observar. Respirar. Seguir leyendo “Tormenta en Cregüeña.”

Balaitus 4.0|| Brecha Latour.

Estoy temblando. Y esta vez no es de miedo, tensión o inseguridad. Es frío. Llevo cerca de 45 minutos en la penumbra, buscando el dichoso lugar en el que montar el rapel y, una vez montado, esperando a que mis cinco compañeros desciendan hasta la reunión.

Mi rostro cambia, reflexiono. Pienso en el objetivo de Agosto. Siento que necesitamos ser ágiles, hábiles y coordinados; movernos con mayor rapidez, sin fallos, y no lo estamos haciendo del todo bien. Seguir leyendo “Balaitus 4.0|| Brecha Latour.”

Peña Foratata Occidental. Invernal.

Anayet y Arafita eran los dioses más pobres y humildes de nuestras montañas, pero tenían un tesoro muy preciado, algo que querían por encima de todas las cosas, y era su hija: La joven y hermosa Culibillas. A ésta última le gustaba jugar con las hormigas blancas, sentía especial devoción por ellas. De hecho, llamó a toda esa región Formigal.

Balaitus, el dios más temido y todopoderoso, el que creaba y azotaba fuertes tormentas en estos valles, un día se fijó en ella. Lógicamente, a Culibillas no le interesó la proposición de Balaitus, el que, por otro lado, nunca había sido rechazado. Así, enfadado y enrabietado, decidió ir a por ella.

Cuando acudió a raptarla, con el fin de llevársela para siempre, Culibillas gritó: “¡A mí las hormigas!” Y en ese preciso momento millones y millones de hormigas blancas acudieron en su ayuda para protegerla, cubriendo a Culibillas por completo. Balaitus, horrorizado, se marchó, y nunca más volvió. Seguir leyendo “Peña Foratata Occidental. Invernal.”

Mont Blanc (4810 m). Ruta Gouter.

“Se acerca una tormenta sobre las dos del mediodía, procurad correr para llegar al refugio de Gouter antes de esa hora”. En un castellano muy francés, nos advierte uno de los gendarmes que se encuentra en el tren cremallera, dirección Nido de Águilas, que nos situará a 2300 metros de altura, para emprender nuestro camino hasta los 3800 del refugio.

No es la mejor noticia para comenzar la aventura y enfrentarse a los 1500 metros de desnivel positivos que tenemos por delante, o por encima.

Según el manual de montañismo que no tengo pero que sí he leído, las aproximaciones tan largas, más aún cuando al día siguiente tienes una dura ascensión, deben ser lentas; dosificando y ahorrando energías para el día de cima. Seguir leyendo “Mont Blanc (4810 m). Ruta Gouter.”

Aneto. Noche a 3404 metros.

“Una persona no llega a ser una y dos pueden ser dos y media.

Parece la idea de uno que sabe de cordadas. Solos no somos nada.”

Hace cinco años ascendí el pico más alto del Pirineo: los 3.404 metros de mi, por aquel entonces, idolatrado Aneto.

Carecía de conocimientos, experiencia, material y posiblemente pasión cuando me llevaron a este reino. Por supuesto no tenía ni idea del significado de la frase que abre esta crónica. Seguir leyendo “Aneto. Noche a 3404 metros.”