Memorias del Toubkal, a 4170 metros.

Los frontales apuntan a la nieve fresca caída durante toda la noche. Hace viento y frío, pero las condiciones permiten intentarlo.

Siguiendo los pasos de nuestro guía, comenzamos a adelantar al resto de grupos que han salido antes que nosotros. En apenas diez minutos nos situamos al frente la marabunta de personas que pretenden hollar la cumbre más alta del norte de África, el Toubkal, en la impresionante y sorprendente cordillera del Atlas.

En la aproximación al refugio francés el día anterior a cima, el guía decidió que la mejor opción para salvar los mil quinientos metros de desnivel positivo que nos separaban de punto a punto, era hacerlo lo antes posible.

Yo, que sólo sé lo justo de montaña, adopté un ritmo lo suficientemente lento como para asegurarme llegar al refugio en un buen horario, sin tener que tirar de ibuprofeno.

La “autopista” trillada facilitaba encontrar el camino correcto hacia nuestro cobijo, a pesar de la niebla presente durante gran parte del recorrido. Por suerte el guía velaba por nuestra seguridad desde la puerta del refugio, relajado, té en mano. Lo que yo llamo un gran profesional.

Caminamos a pulsaciones desorbitadas, haciendo caso omiso de los zig-zags que suavizan la pendiente, para atajar en línea recta.

Miro hacia atrás, un amigo se queda descolgado. Los esfuerzos, y más en altura, se pagan. Aguantar ese ritmo hubiera sido una perfecta manera de asegurarse regresar sin cima; o de hacerlo con cima, pero deseando no estar allí en una agónica subida a matacaballo; que para el caso es lo mismo.

Decido pues llevar un ritmo que garantiza sobradamente superar los mil metros de desnivel que tenemos por delante.

El viento es cada vez más insoportable, y por consecuencia el frío. No quiero ni imaginar cual será la sensación térmica a la que nos encontramos. Varios grupos deciden darse la vuelta e intentarlo con unas condiciones más favorables.

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Me coloco todas las capas de ropa que tengo. Comparto mis guantes gordos; cuando los finos no son suficientes y la mano empieza a dormirse, nos los intercambiamos. Apuro el buff hasta la línea de los ojos. Nada queda expuesto a las inclemencias del tiempo.

Sin demasiadas paradas, tras superar la arista cimera donde el viento es todavía mayor, nos plantamos en la pirámide que indica el punto más alto del Toubkal, en unas tres horas de ascenso.

Antes de las once de la mañana, estamos de nuevo en la seguridad del refugio, con todo el día por delante para volver a Imlil, el pueblo de inicio.

En el descenso de cima, cruzo camino con peculiaridades diversas: un holandés que sube sin guantes, jugándose los dedos de la mano. Una pareja de, adivino ingleses, con zapatillas de deporte y crampones alquilados, resbalándose cada dos pasos en pendientes poco pronunciadas. Nuestro “guía” desciende a su marcha. Y a mí me da para pensar.

La nieve de la noche anterior, el frío y el viento han hecho que una ascensión, a priori sencilla, exigiera lo mejor de cada uno, alimentando el ego interno arraigado a nuestra persona.

Las circunstancias, por otro lado, dejan en mí un sabor agridulce que aún sigue ahí.

Las montañas serán escenario de muchas competencias, o de muchos valores.

Supongo que lo que de verdad importa son los momentos que vives, no las metas.

Cada día me gusta pasar más horas fuera, pues imagino que cuanto más tiempo estés, más momentos puedes vivir.

Y ahí seguimos. Rascando horas a la vida para llenarlas de felicidad, o viceversa.

Y todo esto piensa uno, a 4170 metros sobre el nivel del mar…

David.

¡VÍDEO!

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Corredor Z al Tríptico || Peña Telera

Siempre he tenido lugares del Pirineo donde no he querido ir si no era en determinadas condiciones. Como cuando me prometí que no quería pisar Riglos si no era para escalar.

Así, hay sitios en invierno que están guardados para cuando tenga los conocimientos y material necesario para hacerlo en esquí de montaña.

Peña Telera era uno de ellos. Las aproximaciones largas se hacen pesadas y la vuelta puede ser agónica dependiendo de cómo se encuentre la nieve. Unas tablas bajo los pies facilitan la tarea, o por lo menos la hace más interesante. Seguir leyendo “Corredor Z al Tríptico || Peña Telera”

Tuca Estibeta de Literola || Valle de Remuñe

1-2 de diciembre llevaba marcado en nuestro calendario desde hace un par de meses. Era una fecha especial. Primero, porque suponía intentar una ruta que llevaba rondando en mi cabeza el tiempo suficiente como para estar muy motivado: Aneto por el corredor Estasen.

Y segundo, y mucho más importante, significaba el reencuentro en montaña de los cuatro que Tabernés unió, y ya nada separó. De los mismos por los que este blog apareció: Revu, Marcos, Raúl y un servidor, volvían a reunirse en el Pirineo. Por fin.

Esta motivación que sentía iba aumentando cada vez más conforme se acercaba la cita, por motivos evidentes (era un señor objetivo para nosotros), y por motivos personales. Seguir leyendo “Tuca Estibeta de Literola || Valle de Remuñe”

Memorias de viaje: Islas Lofoten (III)

Es hora de abandonar la comodidad. Dejar de lado a esa mala compañera, que no hace más que querer que la confundamos con la felicidad.

A pesar del frío, la lluvia y el viento que predomina en las Lofoten, decidimos aprender algo más sobre la cultura vikinga, visitando un curioso museo del pueblo escandinavo.

Creo que a ninguno de nosotros nos llama en exceso este tipo de turismo, pero hay que reconocer que de vez en cuando, y solo para descansar el cuerpo, no está nada mal. Seguir leyendo “Memorias de viaje: Islas Lofoten (III)”

Memorias de viaje: Islas Lofoten (II)

Llegó el momento que todos deseábamos. Nos dirigimos a Reine con la idea de subir a su pico principal para fotografiar la imagen por excelencia en las islas Lofoten.

El tiempo no acompaña, está nublado y chispea, pero eso no es algo extraño aquí. Éramos conscientes de que el tiempo iba a incomodarnos, y es que nunca ha sido una excusa. No iba a serlo hoy.

Unos carteles informativos al inicio de la ruta indican que está prohibido ascender a su cima, pues están trabajando en mejorar el camino. La afluencia de turistas y las lluvias han hecho que el terreno se descomponga y la montaña se esté cayendo, literalmente, a trozos. Seguir leyendo “Memorias de viaje: Islas Lofoten (II)”

Memorias de viaje: Islas Lofoten (I)

Autobús Zaragoza – Barcelona. Estoy intentando dormir; intentando descansar porque tenemos muchas horas de viaje por delante. Durante el camino caigo en la cuenta de que no he cogido la llave que abre el candado de mi maleta. Tocará ingeniárselas para poder abrirla.

“Empezamos bien.”, me digo.

Son las 3:30 de la mañana y estamos en la estación de Sants, esperando a que abran para poder entrar. Así que, mientras, bastan un par picas de la tienda de campaña y una navaja para solucionar el “problemita” de la maleta. Seguir leyendo “Memorias de viaje: Islas Lofoten (I)”