Espolón Guanchinfú (V+) || Peña de la Predicadera

Lo tengo asumido. No tengo remedio. No puedo centrarme en un único deporte. Es superior a mis fuerzas. Cuando estoy haciendo uno, mi cabeza está pensando cuándo va a poder hacer el siguiente. Y así, sin parar. En bucle.

Me quedaré con la espina de saber qué habría pasado si hubiera echado horas al mismo durante más tiempo.

Cero pena. Me conformaré con ser feliz y hacer lo que me pide el cuerpo en cada momento.

Ocurre lo mismo aquí. La montaña es un mundo demasiado grande como para hacer únicamente una cosa. Y más, cuando en la mayoría de las ocasiones, las puedes juntar.

Peña Predicadera se presenta como una perfecta opción para escalar en invierno, y es que el sol calienta su roca durante todo el día.

Marcos, Alba, Alberto y un servidor ponemos rumbo a su base, con la idea de escalar la vía el Espolón Guanchinfu (cada vez que digo el nombre de la vía lo hago de manera diferente).

Nos dividimos en dos cordadas. Por delante irán Alberto “El pro” y Alba “La novata sobrada”. Intentando seguir su ritmo, Marcos y yo “Los mataos”, vamos después.

Entramos a la vía por una variante y Alberto llega a la primera reunión a la espera de Alba.

Iluso de mí, decido darle espacio a Alba para que escale tranquilamente, sin agobios, y no sienta que meto prisa (no sería mi intención). Pues bien, a lo que quiero darme cuenta, se ha merendado el primer largo cuando aún tengo los pies de gato en la mano.

Avanzamos L2, L3 y L4, con dificultad entre IV y V, sincronizados a la perfección: cuando llego a la reunión, Alba está preparada para ascender el siguiente, y así hasta el final.

Los dos últimos largos aumentan el grado (V y V+ respectivamente), y progresan por canales y una chimenea que dan una mayor sensación de escalada .

Aseguro a Marcos y, en la cima, los cuatro disfrutamos de un entorno que cada día me fascina más. Significa una escalada más en la mochila. Una experiencia más.

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Como si escalar formara parte ineludible de la montaña. Como que si no estuviera, faltaría algo.

Lo tengo asumido. No tengo remedio. No tengo claro qué es lo que más me gusta hacer.

Lo único que sé, es que no quiero sentir que pierdo el tiempo.

No quiero no tener la sensación de salir ahí fuera.

Quiero la sensación de: cuando estás con miedo, con hambre o con frío, o con una escalofriante mezcla de las tres; el viento te acaricie la cara y el sol rojizo ilumine tus ojos, vuelvas a “la vida normal” con la sonrisa en la cara por la satisfacción de haberle robado segundos al tiempo.

De haberle quitado vida a la misma.

Nunca un hurto habrá tenido más sentido.

Nos leemos en la próxima.

Espero no muy lejana.

Hasta entonces, ya sabéis: Tiempo y pura vida.

David.

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3 Vía Guanchinfu

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