Espolón del Gállego 250m (6a+) || Peña Rueba (Cara E)

“Mientras… me duele cuando lo agarro y también cuando lo suelto como si el miembro fantasma tuviera aún el recuerdo de ese roce. Igual que si agarras en la mano muy fuerte una pelota y la dejas ir… sigues sintiéndola aunque no la sostengas.

Dejar ir. Para sentir. Para que no se escape lo esencial, lo que queda cuando no lo agarras.”

La vida tiene extrañas maneras de recordarnos que se acaba a cada minuto.

A veces te manda señales, para que no pierdas el norte y te centres únicamente en lo esencial. Otras, se empeña en darte un palazo cuando tú ni siquiera estabas en guardia. O por lo menos con ésta alta. Alguna de ellas viene con moraleja, y otras simplemente no tienen justificación. Esas son las peores.

Pero supongo que dentro de nosotros hay un impulso que nos hace seguir adelante, con la estúpida idea de ser feliz. Como si eso fuera lo más importante. Algo tan banal.

¿Lo que de verdad importa? Vivir.

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Peña Rueba se presenta como otra oportunidad para hacerlo. Javi y yo ponemos rumbo a la cara Este de sus paredes, con el objetivo de hacer una vía nueva para nosotros. Hay demasiados caminos como para andar repitiendo.

Tras poco más de media hora de marcha, alcanzamos la base de la pared.

Javi comienza abriendo ruta con una tirada de unos 55 metros de Vº, juntando así los dos primeros largos.

Las reseñas indican que el L3 conviene no empalmarlo con el siguiente, pues las cuerdas rozan demasiado. Comienzo con una travesía a la derecha, para subir y volver a ir a la izquierda. Efectivamente, no lo unimos con el próximo.

L4 y L5 comienzan con una salida fina que afloja a medida que asciendes. Javi se lo merienda sin problemas, y monta la R.

La siguiente tirada, que volvemos a unir (L6 y L7), presenta el punto más difícil de la vía. Tras la primera parte de Vº, comienza el L7. Me desvío a la derecha, donde se sube con manos generosas, hasta que desaparecen y te obligan a desplazarte a la izquierda, con manos un tanto pequeñas que, ahora sí, muestran el camino mantenido con mucho canto hasta la reunión. Por momentos pienso en parar a descansar, pero me fuerzo a no hacerlo.

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En la repisa, sentado, monto la reunión con la satisfacción de haberme sentido un poquito más escalador. Cojo aire, y miro detrás de mí: a la derecha, Riglos, siempre preciosos. Al frente, Ordesa nevado. Unos metros más abajo, mi compañero de cordada y amigo. Y ahí, es cuando digo que me encanta la vida.

Javi alcanza la reunión, su cara le delata, como a mí: está disfrutando.

La salida explosiva para superar una panza “riglera” del largo 8, nos deja, tras L9 y L10 poco reseñables, en la cima de la Punta Ralla.

El tiempo apremia. Seis rápeles nos devuelven a la seguridad del suelo.

El tiempo siempre apremia, en eso consiste. Y la seguridad, brilla por su ausencia. Por eso hay que aprender a andar en equilibrio.

Por eso nunca hay que dejar de ir hacia delante. Hacia arriba.

Siempre en movimiento. Una escalada más.

Nos leemos en la próxima. Hasta entonces, lo de siempre: montaña y pura vida.

David.

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