El mismo, pero diferente.

Hacía frío para ser verano. Supongo que no era consciente de la altura a la que estábamos. No era más que un novel senderista.

Las gotas de rocío en las plantas estaban calando mis calcetines. Iba en pantalón corto; craso error. El paso era firme y seguro, a pesar de que mis botas eran las que se les atribuye a un neófito de la materia.

Habíamos madrugado, escuchando los consejos de sabios: “Es importante tener margen de tiempo para volver. Además, las horas centrales serán muy calurosas, y deben pillarte bajando.”

Ascendía detrás de mi padre, quien marcaba el ritmo. Estaba descubriendo cómo reaccionaba mi cuerpo ante una nueva actividad. Habíamos hecho senderismo en otras ocasiones, pero nunca nos planteamos escalar una montaña. Notaba como mi corazón, cuando pretendía acelerar el paso, aumentaba pulsaciones, y apenas podía hablar. Estaba ocupado respirando por la boca. Entendí que el ritmo debía ser constante y consecuente con las capacidades físicas de cada uno en dicho momento; algo difícil de comprender para alguien competitivo.

Parábamos cada cierto tiempo a beber agua de una cantimplora con carácter propio: Hecha de un latoso metal, cilíndrica y voluminosa, forrada con borreguillo y con una bandolera. Al más puro estilo scouts. Nos vino bien, porque nuestra comida alentaba a la sensación de sed.

El camino no tenía pérdida. Una mantenida subida, amenizada por constantes cambios de dirección, acercó nuestros pasos hasta el collado. Pudimos contemplar la vertiente francesa, con su refugio de montaña y sus dos lagos.

El viento era insoportable. Allí mismo, se encontraba una pareja de franceses, que ascendían desde el lado opuesto. – La fenêtre (ventana). Exclamó el primero. Mi abuela siempre decía que hay que tener cuidado con la corriente, que da frío en los riñones. Por algo sería.

Una cadena anclada a la roca facilitaba el paso más técnico a aquellos que no nos desenvolvíamos con demasiada soltura por esos terrenos. Avancé primero, recogí el bastón a mi padre, y más tarde lo superó cómodamente.

Aquel bastón sigue a buen resguardo. No es telescópico; ni ligero. No tiene grip, y no lleva colorines. Es de madera y, junto con la cantimplora, es el mejor material técnico del mundo. Un binomio de categoría.

Los últimos pasos fueron los mejores. Sabíamos que el objetivo estaba conseguido; y una felicidad me invadió por dentro, segundos antes de alcanzar la cima. Recorrimos coordinados la cómoda cresta, parecía como si anduviéramos por las nubes. Justo a la altura del cielo.

Un montón de piedras que formaban una pirámide casi perfecta, indicaban que el punto más alto de aquella montaña estaba bajo nuestros pies. El sol brillaba, las nubes iban a toda velocidad, solo se escuchaba el viento. Ahí, mi padre y yo, bocadillo en mano, pudimos contemplar el macizo rocoso que quedaba frente a nosotros. El blanco del glaciar y la perezosa nieve que no quería derretirse, nos daba la bienvenida.

También fue ahí, cuando algo dentro de mí cambió. No pude ponerle nombre a lo qué pasó, porque supongo que a veces simplemente ocurre. Había nacido, sin esperarlo, una nueva y maravillosa pasión. Quizás fue azar y casualidad. La aguja en el pajar. Tal vez, ese entusiasmo pudiera haber emergido por cualquier otro tipo de actividad. No lo sé, ni tan siquiera me importa. Pero lo que sí sé, es que desde aquel entonces, mis ojos no volvieron a brillar igual sino era en la montaña.

En aquella modesta cumbre, el chico que ascendió y descendió seguía siendo el mismo, pero diferente. Y aún hoy, nueve años y miles de metros ascendidos después, todavía intento comprender cómo eso es posible.

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Fotografía tomada de AristaSur

Nos leemos en la próxima, ojalá pronto.

Hasta entonces, sueños y pura vida.

David.

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